Las tejedoras de Timor Occidental impiden a a minería acceder a sus montañas sagradas

por Febriana Firdaus. Fotos: Leo Plunkett. Ilustración: Nadiyah Rizki. (Mongabay & The Gecko Project) (Traducido por A Planeta) (Lea la primera parte de la serie aquí, y vea la película (en inglés).

En toda Indonesia, cientos de comunidades están en conflicto con empresas que buscan el control de sus recursos. En algunos casos, la resistencia ha sido liderada por mujeres. La periodista Febriana Firdaus viajó por todo el país para conocer a las activistas de base y profundizar en las historias que subyacen a sus luchas. Este artículo es la segunda parte de una serie sobre su viaje, que también se ha convertido en una película, “Tierra de nuestras madres”.

Llueve, hay viento y niebla mientras me dirijo a la aldea de Fatumnasi. Es casi imposible atravesar esta carretera de tierra y barro en coche, así que he contratado un mototaxi para que me lleve a las tierras altas de Timor, una isla del este de Indonesia.

Estoy a más de 2.600 kilómetros de Yakarta, la capital de la nación. Estoy mucho más cerca, de hecho, de la costa norte de Australia, un recordatorio de lo vasto que es este extenso archipiélago.

Timor es la sexta isla más grande de Indonesia.

Desde Yakarta, son dos horas de vuelo y cuatro horas de viaje a través de colinas de hierba que se unen a las montañas rocosas. Es la temporada de lluvias y nuestros alrededores están ocultos por la niebla; no podemos ver más de 10 metros más adelante.

Esta no es mi primera visita a esta parte de Timor, que una vez fue un reino conocido como Mollo. En 2016, vine aquí con Christian Dicky Senda, un poeta de Mollo que escribió una colección de historias cortas ambientadas en su tierra natal. Me presentó a Matheos Anin, un anciano que dirige una casa de familia.

Matheos me dio la bienvenida a su casa bulbosa, conocida como ume kbubu. Vivía allí con su esposa, junto con sus pollos, palomas, perros y una comadreja. La gente de Mollo, la mayoría de la cual pertenece a la tribu Dawan, vive de la agricultura y la cría de vacas y caballos. Usan sus casas no solo para dormir, sino también para albergar a sus animales y almacenar cosechas. Quedé inmediatamente cautivada por la gente, sus casas y el paisaje.

Un tradicional ume kbubu en Mollo. La puerta baja obliga a los adultos que entran a inclinarse en deferencia a los dioses

.Esta vez, cuando llego a Fatumnasi después de horas de cuidadoso manejo, no estoy seguro de con quién me voy a encontrar.

El pueblo está en el extremo norte de Mollo, la puerta del Monte Mutis, el punto más alto de la isla. Durante más de una década, a partir de finales de los años 90, las mujeres de aquí lideraron una serie de protestas masivas para impedir que las empresas mineras extrajeran mármol de sus rocas sagradas.

Estoy aquí en la segunda etapa de mi viaje a través de Indonesia, donde me encuentro con mujeres que han tomado una postura contra las empresas que intentan explotar sus recursos naturales. Unos días antes, estuve en los campos de maíz de Kendeng, en la isla de Java, para encontrarme con mujeres que habían envuelto sus pies en cemento fuera del palacio presidencial indonesio. Lo habían hecho para protestar contra un plan de explotación del karst de piedra caliza que proporciona agua potable a cientos de miles de personas allí.

Como las Kartinis de Kendeng, como se conocía a esas mujeres, las manifestantes de Mollo consiguieron cierta atención. Una de ellas, Aleta Baun, a la que se le atribuye el mérito de liderar el movimiento, recibió el Premio Ambiental Goldman 2013, un prestigioso premio internacional que reconoce a los activistas de base.

Aleta Baun organizó a su comunidad contra las empresas mineras.

Durante las protestas, se informó de que cientos de mujeres ocuparon las minas durante meses. En una decisión que daría a la protesta su identidad definitoria, trajeron sus telares al lugar y se pasaron los días y las semanas tejiendo su tradicional tela de tenun: una muestra de la cultura indígena en desacuerdo con la profanación de sus montañas sagradas.

La idea de que tejieran en protesta era a la vez evocadora e intrigante. Quería entender la historia detrás del movimiento conociendo a las mujeres involucradas. Sabía muy poco de lo que les había pasado en los años siguientes a la disminución de las protestas. Tal vez, pensé, estas montañas nebulosas podrían servir de lección a otras mujeres de toda Indonesia que luchan por proteger sus tierras.

Comenzaría a comprender el precio que pagaron estas mujeres por su participación en las protestas; cómo sienten que no tienen otra opción que tomar acción, pero cómo les pasó factura.

Lodia Oematan con el telar que llevó a las montañas.

¿Pero por dónde empezar? La mayoría de los residentes de Fatumnasi hoy en día son demasiado jóvenes para participar. Algunos de los que lo hicieron ya han fallecido. Pero eventualmente, encuentro a una de las mujeres en una pequeña granja. Su nombre es Lodia Oematan.

A diferencia de Aleta Baun, que se hizo conocida como la figura de las protestas, Lodia permaneció fuera de los focos. De hecho, dice, es la primera vez que habla con los medios de comunicación sobre las protestas. Vistiendo una camiseta y un abrigo de tenun, con su pelo oscuro atado hacia atrás, parece más joven que sus más de 60 años. Pero las arrugas de su cara me dicen que tiene edad para ser abuela.

Durante nuestra conversación, a veces habla muy despacio, antes de que su tono se eleve bruscamente mientras expresa su decepción, ira y tristeza por los acontecimientos que se desarrollaron. Me recuerda el momento en que se vio envuelta en las protestas.

En agosto de 2006, volvía a casa en mototaxi de una boda en Timor Oriental, la pequeña nación que comparte esta isla con Indonesia, cuando pasó junto a una roca sagrada, Faut Lik. Allí, dice, vio policías, miembros de las fuerzas especiales del ejército, una excavadora y otros hombres a los que describió como “matones” contratados. Los hombres desestimaron sus preguntas, diciendo que simplemente habían venido a establecer un estanque para la cría de peces.

De hecho, los trabajadores de una compañía minera habían aparecido con la excavadora el día anterior. Habían derribado la valla de una mujer local llamada Ety Anone, para abrir un camino hacia Faut Lik.

Ety se dio cuenta rápidamente que se trataba de mineros que intentaban extraer mármol de la roca caliza. Ella había subido a la excavadora y se puso a gritar con los trabajadores durante dos horas antes de que se retiraran, mientras miembros de la comunidad se reunían alrededor de aquel follón. Ahora los mineros habían regresado, con protección.

Lodia les encaró y les gritó que se detuvieran. Los lugareños sabían cómo hacer estanques de peces, dijo, y nunca lo habían hecho en la cima de una montaña.

“Perdóname”, me dice Lodia modestamente, antes de explicar que había desnudado sus pechos ante la policía. Me contó que les gritó: “Tengo estos grandes pechos, esta gran barriga, porque todo en esta tierra —tierra, rocas, agua— me permitió tenerlos. “Esta tierra pertenece a la gente”, dijo. “Si nos arrebatan la tierra, es como si nos quitaran los platos, las cucharas, la comida. Entonces, ¿cómo vamos a comer? Claro, vosotros comeréis todo lo que podais, pero nosotros sufriremos hasta la muerte.”

Para entonces, la gente de Mollo había estado protestando contra las empresas mineras y el gobierno que les proporcionaba los permisos desde los años 90. Un documento de 2014 de Torry Kuswardono, un académico que dirige una ONG local, traza la resistencia a estas empresas en una gran franja de Timor Occidental.

En Mollo algunas rocas calizas son “piedras de nombre” que aparecen en las historias de origen de la población local.

Los manantiales que emanan de las montañas suministran a la gente agua limpia en todo Mollo. Pero estos elementos naturales también tienen un profundo significado cultural. Algunos clanes sacan sus nombres e identidad de manatiales o árboles específicos, y muchos de ellos de los afloramientos de piedra como el Faut Lik que sobresalen notablemente del suelo.

Estos faut kanaf, o “piedras de nombre”, son lugares sagrados asociados con historias de origen épico, lugares en los que se puede buscar el consejo o la fuerza de los antepasados. En el idioma local, dicen “Oel nam nes on na, nasi nam nes on nak nafu, naijan nam nes on sisi, fatu nam nes on nuif”: “El agua es sangre, el bosque es pelo, el suelo es carne, la piedra es hueso”. Estas rocas se consideran la columna vertebral de la vida.

Torry señaló que los lugareños no se oponían intrínsecamente a la minería. Pero cualquier actividad que amenazara con dañar una piedra de nombre generaba una feroz resistencia. “Si permiten que sus lugares sagrados sean dañados”, escribió, “puede traer una maldición de los antepasados a ellos mismos, a sus hijos y a sus nietos”.

En 1998, después de que el gobernador de la provincia de Nusa Tenggara Oriental, que incluye la parte indonesia de Timor, emitiera una serie de permisos de minería, una empresa comenzó a explotar en una montaña, Fatu Nausus. Tras siete meses de envío de cartas y negociaciones entre los ancianos y el gobierno, cientos de personas de 12 aldeas se reunieron en la montaña, obligando a la empresa a detener sus operaciones.

Pero en lugar de reconocer su oposición, el nuevo gobernador, Piet Tallo, reasignó el permiso a una nueva compañía minera. En el relato de Torry, esto dio lugar a la “resistencia épica” de Aleta Baun. Ella buscó el apoyo de su familia extendida y de las ONG, reuniendo finalmente a 3.000 personas (hombres y mujeres, jóvenes y viejos) para ocupar Fatu Nausus. Algunas personas se quedarían durante tres meses. Para 2001, habían disuadido a cualquier empresa de extraer la roca.

Cinco años después, como describió Lodia, los mineros regresaron. Faut Lik y Fatu Ob eran rocas sagradas a poca distancia de Fatu Nausus, y ahora estaban en el blanco de una nueva empresa.

El pequeño y resistente Poni de Timor es criado por la población local.

Durante la semana siguiente a la llegada de la excavadora, según una cronología de acontecimientos publicada por Aleta Baun en 2006, la policía presionó a los aldeanos para que cedieran sus tierras. Más de 100 aldeanos descendieron al edificio del parlamento del distrito, rogando a sus miembros que protegieran a Faut Lik. Aún así, la excavadora seguía escarbando un camino hacia la montaña.

A finales de mes, Ety Anone, Lodia y otra mujer se dedicaron a bloquear físicamente su camino. Pero cada vez que volvían a sus casas, para atender a sus familias y granjas, su avance comenzaba de nuevo.

Para octubre, los mineros habían llegado a la roca. Para entonces, unas 100 mujeres se habían reunido en el lugar, enfrentándose cara a cara con los trabajadores y las fuerzas de seguridad. Cada día llegaban a las 4 de la mañana, recordaba Lodia, corriendo para llegar antes que los mineros y quedarse hasta la noche. “Teníamos que darnos prisa y llegar antes que esos matones”, me dice. “Ellos nunca retrocederían, pero nosotros tampoco”.

Las mujeres de Mollo pasaron semanas tejiendo en las montañas, a menudo en presencia de las fuerzas de seguridad.

Al poco tiempo, las mujeres habían ideado un sistema para vigilar la roca por turnos durante todo el día. Por la noche, los hombres dormían en tiendas de campaña en las grietas de la roca; por el día, las mujeres se hacían cargo del lugar, cantando y tejiendo.

Lodia dijo que el tejer era un acto simbólico, que tejían el tenun para metafóricamente “envolver el mármol. Como si el campo de mármol fuera una pelota, queríamos demostrar que nos pertenecía trabajando duro para envolverlo”, dice. “Queríamos mostrarles que la tierra pertenece a la gente, sin importar si seguimos vivos o muertos”.

Las máquinas de los mineros trabajaban a su alrededor, recuerda Lodia, pero “no nos asustaban ni un poco. Grité, ‘¡Resiste! Resiste!’. La máquina de perforación estaba justo a mi lado, pero yo seguí tejiendo.”

A pesar de su valentía, las mujeres se enfrentaron a los ataques de los “matones” que, según las manifestantes, habían sido contratados por la empresa. Ella describió haber sido arrojada al suelo y “golpeada fuertemente” durante las protestas.

Las mujeres eran más duras de lo que parecía. A pesar de la violencia, no se rindieron. “Que traigan sus mejores armas, pero nos mantendremos firmes para recuperar lo que es nuestro”, recuerda Lodia pensando. “Nunca nos detendremos hasta que podamos recuperarlo”.

La violencia no fue una novedad. Una protesta a principios de ese año contra otra compañía minera que operaba en las cercanías se había convertido rápidamente en violencia, según una declaración emitida por las ONG de la época. Kelik Ismunandar, un activista local que trabajaba con las comunidades, informó que la policía no había protegido a los manifestantes, y que posteriormente había arrestado a docenas de ellos.

Tras un mes de ocupación del Faut Lik, docenas de aldeanos de Fatumnasi y otras aldeas organizaron una sentada de dos semanas en la oficina del jefe del distrito, Daniel Banunaek. Se negó a reunirse con ellos, dijo Kelik, y su protesta fue interrumpida cuando una turba se presentó y los atacó, persiguiéndolas fuera de la oficina. ( Banunaek fue encarcelado más tarde por tala ilegal).

Tres meses más tarde, en marzo de 2007, los aldeanos acudieron a los tribunales para tratar de detener la minería. La audiencia, en Soe, la capital del distrito, nunca se llevó a cabo, ya que el secretario no apareció. Pero cuando Aleta Baun y otros aldeanos abandonaron la sala del tribunal, fueron atacados por una muchedumbre.

Sin embargo, su espíritu permaneció intacto. A mediados de 2007, los aldeanos habían logrado repeler a los mineros. Para entonces, desde finales de los años 90, los aldeanos de Mollo habían logrado impedir que tres compañías profanaran sus piedras sagradas. Cada vez, parecía que la resistencia era simplemente demasiado fuerte para las compañías.

Sus esfuerzos tuvieron un enorme costo. Lodia me dice que su hermana sufrió discapacidades permanentes por las heridas que sufrió durante la ocupación. La propia Lodia sufrió infecciones estomacales después de ser pisoteada. “Me dieron una buena paliza”, dice. “Apenas me he recuperado ahora”. Durante ocho años, me dice, sus lesiones le impidieron trabajar en el campo. Luchó por alimentar y vestir a sus hijos y por pagar sus cuotas escolares. “Era una miseria”, dice. “Se me secaron las lágrimas”.

Mirando hacia atrás hoy, la fiera conducta de su juventud se desvanece, ella se pregunta si el sacrificio que hizo valió la pena. “Estoy llena de tristeza y arrepentimiento”, me dice. “Si no me hubiera unido al movimiento, sería más fácil para mí mantener a mis hijos.”

No tengo ni idea de cuántas otras mujeres esparcidas por estas colinas albergan los mismos remordimientos. Caroline Monteiro, feminista y activista con una década de experiencia en el este de Indonesia, me dijo que muchas sufrían de heridas físicas y psicológicas. “El problema es que no hubo asesoramiento después de la protesta, y en realidad lo necesitan”, dijo.

Dejo a Fatumnasi y a Lodia, cubiertas por la neblina, sintiéndose confundidas. Las mujeres no vieron otra opción que actuar. Pero su batalla tuvo un precio muy alto. Cambió sus vidas para siempre. “Estas mamás, incluyendo a Mama Aleta, tenían sueños”, dijo Caroline. “Pero tuvieron que olvidarlos cuando se unieron a la lucha.”

¿Valió la pena el sacrificio? Para encontrar la respuesta, arreglé un encuentro con Aleta Baun en Fatu Nausus.

***

Por primera vez, veo la roca sagrada. Es resbaladiza mientras la escalo, formada por piedras de mármol gigantes. Pero ahora está medio cortada; algunos de los lados están rotos. Puedo ver un amplio corte que se extiende a través de ella.

Desde la cima, alcanzo con la vista toda la isla de Timor. Sentada aquí con Aleta, siento una profunda tristeza.

La montaña no siempre existió, me dice Aleta. Según la leyenda, tres mujeres en un viaje se refugiaron aquí para amamantar a sus hijos. Las mujeres se convirtieron en la montaña, y se conoció como Nausus. “La palabra Nausus significa ‘abrazar y amamantar'”, dice Aleta. “Así que esta montaña se llama ‘la montaña de la lactancia’.” La historia es rica en simbolismo.

Estas montañas protegen las cabeceras de los ríos a través de Timor Occidental. “No hay ninguna montaña aquí sin un manantial”, dice Aleta. “Tienen poros debajo de ellos, que actúan como depósitos de agua”. Los ríos, a su vez, alimentan a la gente e irrigan sus tierras. Son estas piedras sagradas las que los nutren, como una madre. Pienso en los granjeros de Kendeng, en la primera etapa de mi viaje. Consideraban que la piedra caliza kárstica que les proporcionaba agua era también su madre.

La vista de Timor desde Fatu Nausus, la roca sagrada.

Cuando la minería llegó a Fatu Nausus, fue como si su madre estuviera siendo atacada. La gente se reúne no solo para proteger su agua, sino para defender a la Madre Tierra. Tanto a Fatu Nausus como al karst de Kendeng se les dio forma femenina, y en ambos lugares, las mujeres tomaron el liderazgo como sus guardianes.

Aunque las mujeres vinieron a liderar las protestas, Aleta todavía tuvo que luchar por su posición al frente del movimiento. Su padre es un amaf, un líder ritual responsable de hacer cumplir las leyes consuetudinarias que rigen las tierras de la comunidad. Eso la convirtió en una élite dentro de la estructura social de Mollo. Pero seguía siendo una mujer.

Durante años, Aleta intentó demostrar a los ancianos varones que podía organizar protestas para detener la minería, que en ese momento estaba surgiendo, y que temía que causara un terrible daño a sus tierras. “Como no soy un hombre, no tenía el mandato de decirles a esos líderes lo que tenían que hacer”, dice. “Soy una mujer, y a las mujeres no se les suele dar ningún mandato en absoluto”.

Pero ella sospechaba que podría ser diferente, a finales de los 90. Viajaba de aldea en aldea a pie, a unas seis horas de distancia, para convencer a la gente de que se uniera a la causa. “Organizamos a la gente recordándoles nuestra historia olvidada”, me dice. “Una que había sido erosionada por el tiempo.”

Más allá de su importante papel en la cultura del pueblo Dawan, las montañas también protegen los manantiales que proporcionan agua limpia.

Con el paso del tiempo, Aleta ganó un amplio reconocimiento por sus acciones, rompiendo las estructuras sociales patriarcales para liderar a miles de personas durante más de una década. En 2014, fue elegida para el parlamento provincial por un período de cinco años.

Muchas de las condiciones que dieron origen al movimiento permanecen inalteradas. Aleta sospecha que las empresas siguen buscando permisos de explotación minera. Pero, me dice, los años de lucha han aumentado la capacidad de la gente de Mollo para controlar su destino. “Lo que me interesa es que se ha fortalecido el conocimiento de los pueblos indígenas, de filosofías que están profundamente relacionadas con la naturaleza”, dice. “Esto permite a la gente tomar decisiones informadas”.

La tradición de Mollo exige que la gente solo venda lo que produce; no pueden vender los ríos, la tierra o las montañas. Las mujeres que conocí viven con esa filosofía. Lodia gana dinero tejiendo telas tradicionales que vende a los extranjeros que la visitan. Aleta mantiene una aldea turística cerca de Fatu Nausus. Pero no pueden escapar del legado de aquellos que persiguieron otro credo, que infligieron daño a sus montañas y cuerpos.

Febriana Firdaus en Mollo.

Salgo de Mollo a las 9 de la mañana, sin saber qué futuro les espera a estas mujeres. Mientras mi coche sale del pueblo, veo por última vez a Fatu Nausus envuelta en nubes, como si quisieran protegerla. Mientras miro el majestuoso sitio, las palabras de Aleta resuenan en mis oídos: “La naturaleza es una vasta biblioteca, y hay una forma única de aprender de ella. Y yo he aprendido más de la naturaleza que de los humanos que me engañaron.”

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