El feminismo descolonial y el Buen Vivir

Por Dennis L. Avilés Irahola – editado por Pallav Das  – de Radical Ecological Democracy 
(Traducido por A Planeta) (In English HERE)

“Decidimos una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir, el sumak kawsay”. Esta declaración pionera formó parte de la nueva constitución adoptada por el Ecuador en 2008, un esfuerzo notable para contrarrestar los desafíos de un modelo de desarrollo injusto y una profunda crisis política. “Sumak Kawsay” es una expresión tomada de la lengua quechua que hablan los pueblos del altiplano que atraviesan los Andes desde el Ecuador hasta Chile. El término se traduce vagamente por “buen vivir”  en español. En 2009, la constitución boliviana también adoptó el equivalente indígena aymara, Suma Qamaña, en su constitución y, de hecho, en más de una década desde estas declaraciones, la idea del Buen Vivir ha ganado una enorme aceptación sociopolítica en toda Sudamérica.

Buen Vivir y la perspectiva feminista

Surgido de antiguas tradiciones locales, Buen Vivir se ha convertido en un compromiso con aspiraciones regionales, una exploración de “alternativas” a las formas de “desarrollo” existentes, tanto como un nuevo modelo económico, que incorpora los principios de la vida comunitaria, como un paradigma alternativo al desarrollo, que desafía el principio tóxico del crecimiento ilimitado basado en la explotación inagotable de la Naturaleza. Hace que la armonía con la Pachamama (Madre Tierra) sea el punto central de la existencia humana. Buen Vivir reconoce que una persona no puede vivir bien si otros no viven bien, que la diversidad es intrínseca a la vida y que la complementariedad y las relaciones amorosas son esenciales en las interacciones cotidianas. El lugar primordial que se otorga a la esencia y existencia “social” de un individuo en el discurso del Buen Vivir hace que las “relaciones” sean un punto central de las prácticas de transformación, ya sea la relación existencial con la tierra, las relaciones de producción en la economía o las relaciones humanas basadas en la solidaridad y un equilibrio fundamental entre los principios femeninos y masculinos en la naturaleza. De hecho, la discusión sobre las relaciones de género ha ganado, tanto en rigor como en atención dentro de la comprensión intelectual así como en la praxis del Buen Vivir durante la última década

Desde su llegada al panorama sociopolítico, las académicas y activistas feministas de América del Sur se han comprometido con el Buen Vivir como una investigación intelectual, pero también lo han visto como una iniciativa social transformadora. Para ellas es tanto un componente de un cambio civilizador para hacer frente al cambio climático, como una propuesta de vida comunitaria y un desafío al actual modelo capitalista (Varea y Zaragocin, 2017). Las feministas descoloniales, es decir, las feministas que reconocen en el actual modelo de desarrollo las formas modernas de explotación colonial de la naturaleza y de las mujeres, también reconocen el énfasis declarado de Buen Vivir en la necesidad de cambiar los paradigmas modernos de desarrollo. Sin embargo, a pesar de estas opiniones positivas, existe un malestar general compartido entre las feministas en el sentido de que la descolonialidad y el género, y su importancia en la definición de la transformación no han sido suficientemente debatidos dentro de las diversas interpretaciones de Buen Vivir. Por lo tanto, es importante interrogar las posibles sinergias entre ambas propuestas y explorar cómo los feminismos descoloniales y el Buen Vivir podrían compartir una alternativa utópica común hacia la descolonización y la despatriarcalización de la vida en común.

Un debate riguroso sobre el género dentro de las diversas interpretaciones de Buen Vivir es esencial para su implementación exitosa.

Feminismo(s) descolonial(es)

Surgido en el decenio de 1980, el feminismo descolonial representa una fase importante en el proceso de evolución del discurso feminista en América del Sur. Cuestiona la conceptualización occidental existente del feminismo como representativo de todas las mujeres, y también señala la centralidad que la interseccionalidad de género, clase y raza juega en la experiencia de las mujeres. El feminismo descolonial, como el Buen Vivir, es una propuesta que contiene importantes debates. Uno de ellos es el contraste, en particular con las feministas postcoloniales, sobre si el colonialismo es un proceso continuo que comienza en 1492 cuando los americanos fueron “descubiertos” por los europeos y que se perpetúa más allá de la ocupación colonial hasta ahora. Algunas feministas descoloniales también sostienen que en términos de la dinámica de poder más amplia de la sociedad, al igual que muchas mujeres, una población sustancial de hombres también está excluida del sistema. Por lo tanto, ya no es posible pensar en términos universales de dos géneros en los que uno es la víctima y el otro el perpetrador sin reconocer los matices que se esconden dentro de las relaciones de subyugación y explotación en el sistema colonial.

Otro debate importante es el origen del patriarcado en la región. Algunos lo atribuyen a la llegada de los colonizadores europeos, mientras que otros sostienen que las jerarquías patriarcales existían en algunas sociedades precoloniales y que, tras la imposición colonial de los valores europeos, convergieron en las actitudes profundamente arraigadas de la violencia contra la mujer.

El feminismo descolonial reconoce que, si bien la colonización de América desempeñó un papel crucial en la opresión de la mujer, y que esta opresión persiste a través del dominio estructural colonial del género masculino asumido como superior, las variadas experiencias de la mujer formadas por la etnia, la edad, la clase y otros factores conforman su visión del mundo más amplia y sus compromisos sociopolíticos. Por ello, una importante impronta del feminismo descolonial es su autonomía respecto del Estado y los partidos políticos y su activismo en la práctica, ambos dirigidos a mantener su carácter crítico frente a las formas de hacer y de pensar establecidas y a marcar una clara distancia con el feminismo “institucional” arraigado en las organizaciones estatales y supraestatales.

El feminismo descolonial está atento a la protección de su autonomía frente al Estado y los partidos políticos.

El feminismo descolonial ha avanzado una perspectiva alternativa con la que aborda la transformación social. De hecho, sus compromisos intelectuales y activistas con el Buen Vivir en Ecuador y Bolivia nos proporcionan un prisma para comprender esa perspectiva. Hay tres distinciones principales en la manera de interpretar el Buen Vivir (Palacio Díaz, 2018; Hidalgo-Capitán y Cubillo-Guevara, 2014), que nos ayudarían a comprender cómo el feminismo descolonial y el Buen Vivir se han unido como una posibilidad de transformación y también cómo se han separado. Son: ancestral/indigenista, moderno/socialista y postmoderno.

Buen Vivir como una propuesta ancestral/indigenista

El Buen Vivir ha surgido de los sistemas de creencias indígenas enraizados en antiguas creencias y prácticas animistas. Estas creencias están construidas alrededor de supra entidades y mitos elaborados en oposición a una explicación racional basada en la ciencia. Este aspecto del Buen Vivir desafía los supuestos racionales tanto de las políticas estatales a través de las constituciones nacionales como del feminismo descolonial, pero permitió a las mujeres indígenas el espacio discursivo para reflexionar y construir sus propuestas a partir de principios asumidos como propios y no impuestos desde fuera. Es importante señalar que las mujeres también encontraron el espacio para oponerse a la discriminación y la violencia que enfrentan fuera y dentro de las comunidades indígenas al invocar el principio de complementariedad no jerárquica entre mujeres y hombres en la naturaleza o chachawarmi.

Las comunidades indígenas, y en particular las mujeres, en el Ecuador y Bolivia se acercaron al Buen Vivir como una posibilidad para un cambio necesario en las relaciones coloniales de sus sociedades, y encontraron espacio en sus respectivas Asambleas Constituyentes para contribuir a sus proyectos de Constitución. En el caso del Ecuador, el texto terminó con las mismas referencias y el uso de un lenguaje desarrollista, que algunos participantes del proceso atribuyeron a las intervenciones de asesores y consultores internacionales. La Constitución boliviana mostró un mayor acercamiento al discurso del Buen Vivir, pero la intervención de los partidos políticos dio lugar a cambios en más de 100 artículos previamente aprobados por la Asamblea, por los representantes políticos en el Congreso. Desde entonces, a pesar de la apropiación del discurso del Buen Vivir en el diseño de políticas públicas, persiste la exclusión y la racialización de las mujeres indígenas. El hecho de que los asuntos de importancia para las mujeres indígenas se tradujeran a través de un lenguaje “desarrollista” ha dado lugar a intervenciones que no han mejorado sus condiciones generales ni les han ayudado a cambiar las prácticas patriarcales locales, como las costumbres de herencia o la discriminación al asumir la representación política. Además, la violencia y el despojo contra los pueblos indígenas, en los que las mujeres son las que más sufren, continúa, al igual que su caracterización como obstáculos al desarrollo extractivista.

Las feministas están llevando a cabo una seria reevaluación de las relaciones de poder entre hombres y mujeres como parte de sus discusiones sobre el Buen Vivir.

Desde una perspectiva feminista descolonial, los esfuerzos por alinear las aspiraciones de las mujeres indígenas, firmemente arraigadas en el antiguo principio chachawarmi, tropezaron desde el principio. Para algunas feministas decoloniales esto se debe a la idea equivocada de que la subordinación de la mujer es sólo un subproducto del colonialismo y que las sociedades precolombinas reconocían a las mujeres y a los hombres como diferentes, pero iguales. Esta idea ha demostrado abarcar las desigualdades actuales y las aspiraciones de las mujeres indígenas de cambiar los términos de las relaciones de poder en el presente. El principio chachawarmi suele ser utilizado por los políticos, que llevan a los hombres de las organizaciones indígenas y a las propias mujeres a evitar todo cuestionamiento de la subordinación femenina en la representación política y social e incluso como una forma de ocultar la violencia explícita y simbólica dentro de las comunidades indígenas (Burman, 2011; Paredes, 2014).

Además, el hecho de que Buen Vivir se apartara sólo de las tradiciones indígenas no fue suficiente para abordar las actitudes y prácticas patriarcales y muchos movimientos de mujeres indígenas adoptaron y adaptaron muchas de las convicciones procedentes del feminismo convencional, como la “equidad de género” y los “derechos de la mujer”. Al final, resultó bastante desconcertante que los cambios constitucionales estratégicos destinados a promover la sabiduría tradicional de los seres humanos como parte de la naturaleza y el valor de las relaciones armónicas no pudieran introducir, por ejemplo, el principio chachawarmi, que va más allá de la ‘equidad de género’.

El Buen Vivir como una propuesta moderna/socialista

Como propuesta modernista y socialista, el Buen Vivir se ha enmarcado en la cultura occidental y moderna, y las relaciones de género no fueron una excepción. En el Ecuador, por ejemplo, la Agenda Nacional de la Mujer y la Igualdad de Género 2014-2017, promovió una discusión conceptual que entrelaza la noción de igualdad de género, el Buen Vivir y los derechos. De manera análoga, en Bolivia, el Gobierno aprobó la Ley de Despatriarcalización (Ley 243, 2012 – Ley contra el Acoso y Violencia Política hacia las Mujeres) y creó un Departamento de Despatriarcalización que adopta el enfoque de los derechos de la mujer y dirige la lucha contra la violencia y la discriminación contra la mujer.

Las feministas descolonizadoras comenzaron a dudar de las intenciones del gobierno boliviano desde el principio cuando se dieron cuenta de que el departamento responsable de la despatriarcalización terminaba en el Viceministerio de Descolonización, que a su vez dependía del Ministerio de Cultura. Esta baja prioridad no era distinta de la consideración que los gobiernos anteriores daban a los servicios de género y de la mujer y, al igual que ellos, no estaba dotado de los recursos humanos o económicos adecuados para tener un impacto real. Similares grietas en la implementación del modelo Buen Vivir se hicieron evidentes en el bajo acceso a los servicios de salud reproductiva, la falta de acceso equitativo a la educación, la baja calidad de los servicios sociales y la participación política, y a través de la violencia generalizada ejercida contra las mujeres como se hizo con la propia naturaleza.

La aplicación del modelo Buen Vivir se ha visto a menudo obstaculizada por la baja calidad de los servicios sociales ofrecidos por los gobiernos.

A la luz de la interpretación moderna, racional y socialista del Buen Vivir cabe destacar que el feminismo siempre ha denunciado las tradiciones científicas patriarcales que históricamente no sólo han codificado a la mujer y a la naturaleza como inferiores sino que también han justificado su explotación. A pesar de su visión igualitaria y modernista, el Buen Vivir fue en su mayor parte una estrategia discursiva que englobaba políticas públicas que chocaban con los principios de conservación del medio ambiente y, por tanto, con los derechos indígenas. El nuevo enfoque extractivo no difirió mucho del enfoque de desarrollo de los gobiernos anteriores, pero justificó la necesidad de generar recursos para llegar a Buen Vivir para todos. A falta de herramientas concretas para su implementación, el ideal de igualdad y armonía entre hombres y mujeres se vio completamente superado por las contradicciones entre las leyes y las prácticas y no logró despegar.

Buen Vivir como una propuesta postmoderna

El Buen Vivir también se ha conceptualizado como una propuesta posmoderna principalmente por su promesa de contener diversas fuentes de pensamiento en un proceso participativo de construcción y una inclusión no jerárquica del pensamiento popular y racional. Su crítica al universalismo, su rechazo a las verdades e ideologías absolutas y la mercantilización de la naturaleza sitúan al Buen Vivir como una alternativa a los actuales paradigmas de desarrollo y a los métodos para comprender la existencia humana; por lo tanto, es tanto una forma de resistencia como el feminismo descolonial.

A pesar de estas convergencias, la puesta en práctica de Buen Vivir choca con agudas contradicciones con los ideales del feminismo descolonial. Lo más notorio fue la discusión sobre las diversidades de género y la posibilidad de la deconstrucción del género. Las expresiones machistas y homofóbicas no se detuvieron en el discurso y la práctica de los responsables políticos y los ejecutores del Buen Vivir, causando dudas sobre la viabilidad de la construcción de una utopía social común. Asimismo, la multiplicidad de sujetos en la intersección de género, etnia y clase, entre otros, siguió siendo ignorada y tratada como fenómenos sociales separados a nivel discursivo y burocrático nacional. Los problemas con la débil implementación de las políticas de Buen Vivir hacia el logro de los ideales profesados son enormes. A menudo, activistas y académicos han planteado la trivialización de las protestas de las mujeres contra la violencia política y doméstica, a veces justificándola como parte de la cultura y la tradición. A veces se han presentado argumentos de que la cultura machista iba a desaparecer en un futuro indefinido a medida que avanzamos en los procesos de descolonización. La cuestión de la frecuencia de la violencia contra la mujer es una preocupación importante y actualmente Bolivia encabeza la lista de América del Sur en cuanto a la incidencia de los feminicidios, y el Ecuador ocupa el tercer lugar.

Se trata de países en los que continúa la labor iniciada por el colonizador de deshumanizar a las mujeres tanto de forma simbólica como concreta.

Las mujeres activistas están exigiendo un rechazo rotundo de la cultura machista como parte de la búsqueda social del Buen Vivir. Manifestante en Chile, 2019.

Conclusión

Como hemos visto, el feminismo descolonial es el enfoque feminista más relevante en cuanto a destacar el potencial utópico y político de Buen Vivir debido a su terreno común compartido, que va más allá de una mera alternativa al desarrollo para una forma totalmente diferente de visualizar el mundo y actuar sobre él. Pero esto puede no ser suficiente para responder a la pregunta original de este texto – si es posible para los defensores del Buen Vivir y las feministas descoloniales construir una utopía común. Como dice Sofía Zaragocín, “la construcción del Buen Vivir y los feminismos descoloniales son complementarios y alcanzan un enriquecimiento mutuo por sus similitudes conceptuales, pero requieren enfoques físicos y materiales” (2017: 23). Un proceso de maduración dentro de cada uno de ellos es un requisito para la realización de una utopía común. Por ejemplo, revisando y evitando el pensamiento dualista y considerando la realidad de la hibridación de la lengua indígena y la lengua del desarrollo para hacer frente a las luchas cotidianas de las mujeres. Asimismo, la mistificación de la vida comunal ha llevado al mal uso del principio chachawarmi para ocultar la subordinación de las mujeres e incluso la violencia física contra ellas. El Buen Vivir, entendido como un poderoso paradigma hacia la descolonización, no debe ser un horizonte que postergue indefinidamente las aspiraciones de las mujeres, sino una realidad cotidiana sustentada en políticas y acciones públicas explícitas, y es en su construcción que las feministas, indígenas y no indígenas y de diferentes corrientes, deben dialogar y fortalecerse mutuamente.

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Dennis L. Avilés Irahola es investigador principal del Centro de Investigación para el Desarrollo (ZEF) de la Universidad de Bonn. Sus áreas de estudio incluyen la evolución del discurso feminista en América del Sur, así como el impacto del paradigma más amplio de desarrollo en el continente.

REFERENCIAS

  • Burman, A. (2011). Chachawarmi: Silencio y voces rivales sobre descolonización y políticas de género en la Revista Andina de Estudios Latinoamericanos, 43(1), 65-91.
  • Hidalgo-Capitán, A. & Cubillo-Guevara, A.P. (2014). Seis debates abiertos sobre el sumak kawsay. Iconos. Revista de ciencias sociales, 48, 25-40
  • Palacios Díaz, P.M. (2018). La doxa del Desarrollo: los objetivos de desarrollo sostenible y el buen vivir como significativo vacío en Ecuador. Revista Internacional de cooperación al Desarrollo 5(1).124 – 137.
  • Paredes, J. (2014). Hilando fino desde el feminismo comunitario. México: Cooperativa el Rebozo, Zapateándole, Lente Flotante, En Cortito que’s pa largo y AliFem AC.
  • Varea, S. & Zaragocin, S. Introducción. En: Varea, S. & Zaragocin, S. (Eds.) (2017). Feminismo y buen vivir. Utopías decoloniales. (pp. 5 – 16). Cuenca: PYDLOS Ediciones.
  • Zaragocin, S. (2017). Feminismo decolonial y buen vivir. In: Varea, S. & Zaragocin, S. (Eds.). Feminismo y buen vivir. Utopías decoloniales. (pp. 17 -25). Cuenca: PYDLOS Ediciones.

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