De la ira y la resistencia a la imaginación de futuros alternativos
Ashish Kothari
En los últimos años hemos asistido a una oleada de movimientos juveniles —liderados especialmente por la generación conocida como Generación Z— que han derrocado regímenes enteros o, de otras formas dramáticas, han cambiado el panorama político. Las protestas y manifestaciones continuadas en Nepal, Bangladés, Madagascar, Filipinas, Indonesia, Marruecos y otros lugares han obligado a los gobiernos a actuar ante problemas como la corrupción o incluso han provocado su caída. Pero, ¿han dado lugar a algún cambio fundamental hacia la justicia para todos?
Una de las últimas manifestaciones de este fenómeno es el Partido del Pueblo de las Cucarachas (CJP) en la India, cuya repentina aparición ha sido tan sorprendente como ver una cucaracha salir trepando por la tubería de desagüe y tan aterradora para el partido en el poder. El detonante inmediato de la formación del CJP fue un polémico comentario realizado por el presidente del Tribunal Supremo de la India a mediados de mayo, en el que calificó a los jóvenes y a los activistas de «cucarachas»¹. En la reacción inmediata que siguió, aclaró que solo se refería a personas que habían accedido a profesiones como el derecho utilizando títulos falsos. Pero el revuelo continuó. Un estratega de comunicación, Abhijit Dipke, puso en marcha el CJP en las redes sociales a mediados de mayo como una parodia sarcástica. Con 10 millones de seguidores en Instagram (¡superando el número que tiene el BJP, actualmente en el poder en la India!) en cinco días y 350 000 personas «inscribiéndose» en el partido, esto se transformó rápidamente en un movimiento de dimensiones políticas.
En una reacción típicamente impulsiva, el Gobierno indio bloqueó la cuenta X del CJP. La prohibición no tuvo mucho impacto, ya que las creativas publicaciones del CJP (que hacían un uso generoso de la IA), basadas en la legendaria resistencia de las cucarachas («Os habéis olvidado de lo que mejor sabemos hacer: sobrevivir»), siguieron apareciendo en todo tipo de foros. Quizás sin darse cuenta, estas publicaciones también conferían a la cucaracha —por lo general denostada por la mayoría de la gente— una apariencia de respeto por ser una de las especies más antiguas del planeta (¡con más de 150 millones de años!) .

Posteriormente, el CJP convocó una protesta presencial, demostrando que no se trata únicamente de un movimiento digital. Esta tuvo lugar en Delhi el 6 de junio, con la participación de jóvenes, padres y representantes de movimientos sociales. Las acciones sobre el terreno de las «cucarachas» se han llevado a cabo en muchas partes de la India, poniendo de relieve diversos problemas como el estado de las carreteras, la corrupción y el desempleo. Hasta ahora, las principales reivindicaciones del CJP se han centrado en la dimisión del ministro de Educación de la Unión por su responsabilidad en un escandaloso caso de filtración de un examen que afectó a más de dos millones de jóvenes aspirantes a la facultad de medicina, la limpieza del sistema educativo y la adopción de medidas para crear empleo con el fin de hacer frente a la elevada tasa de desempleo juvenil de la India. Pronto ha quedado claro que las declaraciones del presidente del Tribunal Supremo no fueron más que un detonante y que el impulso del CJP se basa en la ira y la frustración que llevan mucho tiempo gestándose entre la juventud india y el resto de la ciudadanía.
Las reivindicaciones de otros movimientos liderados por la Generación Z han sido más amplias, como el cambio total del régimen político en Nepal y Bangladés. Otras han abarcado desde la lucha por la justicia climática hasta el fin del genocidio de Israel en Gaza. Pero, en general, el sentimiento subyacente de insatisfacción con el actual sistema político y económico es evidente.
Aprender de la historia
Los movimientos juveniles no son, por supuesto, un invento de la Generación Z. Entre los paralelismos recientes se incluyen las revueltas de la intifada árabe de 2010-2011 (la denominada «Primavera Árabe»), que dieron lugar a varios cambios de régimen. Mucho antes, en 1968, estalló una serie de protestas en todo el mundo, muchas de ellas lideradas por jóvenes, en torno a cuestiones como la guerra, los derechos civiles y democráticos, los derechos de los trabajadores, la lucha contra las dictaduras y otras muchas. Los jóvenes estuvieron al frente del movimiento contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos en las décadas de 1960 y 1970 (no se puede olvidar la icónica imagen de una joven colocando una rosa en la bayoneta de un soldado). Desde entonces hasta ahora, los jóvenes han liderado movimientos creativos y vibrantes en torno a una amplia gama de temas. Mi propia trayectoria comenzó en un movimiento liderado por estudiantes de secundaria y universitarios a principios de la década de 1980 para proteger los bosques urbanos de Delhi y oponerse al «desarrollo» que calificábamos de «destrucción» por su despiadada profanación de la naturaleza y el desplazamiento de las comunidades que dependían de ella.
Muchos de estos movimientos han logrado, en mayor o menor medida, alcanzar sus objetivos inmediatos, como proteger un bosque o derrocar un régimen. Sin embargo, en su mayor parte, no han dado lugar a transformaciones fundamentales del sistema. Al igual que en el caso de los partidos revolucionarios de izquierda que derrotaron a regímenes de derecha y asumieron el poder político a nivel nacional (en particular muchos en América Latina), el cambio de régimen puede conducir a algunos avances progresistas en materia de bienestar, una gobernanza más limpia y leyes que amplíen los derechos y la inclusión de los marginados. Pero el poder político sigue concentrado en manos de unos pocos, los ideales y los valores se sacrifican para mantenerse en el poder, y los modelos económicos siguen centrados en el industrialismo y en un crecimiento económico sin fin que destruye tantos medios de vida como crea, además de acercarnos aún más al colapso ecológico global.
Las revueltas generalizadas de los años sesenta y setenta dieron lugar a muchos avances, como los derechos de los trabajadores, pero no transformaron las condiciones básicas de la explotación laboral capitalista ni la competencia hostil (por no decir las guerras) entre naciones. El resultado es que los objetivos de resolver los mayores problemas a los que se enfrenta la humanidad —desigualdades escandalosas, colapso ecológico, guerras y genocidios, autoritarismo y erosión de los derechos democráticos— siguen siendo sueños lejanos. No es que ningún movimiento por sí solo pueda lograrlo en un mundo tan globalizado, pero ¿existen intentos serios de avanzar hacia ellos, siquiera a nivel local y nacional?
Tendremos que esperar para ver si los nuevos dirigentes políticos de Nepal aportarán esos cambios fundamentales. El Gobierno, liderado por Balendra Shah, un ingeniero y rapero de 36 años (actualmente el jefe de Estado en activo más joven del mundo), ha presentado una ambiciosa Agenda de Reformas de 100 puntos². Esta incluye muchas medidas prometedoras en materia de bienestar y de una gobernanza responsable y eficiente, pero no he podido encontrar nada sobre el empoderamiento de las comunidades rurales y urbanas para una democracia descentralizada, y muy poco sobre cómo llevar a Nepal hacia la sostenibilidad ecológica (aparte de la protección de los humedales y las cuencas hidrográficas).
Algunos puntos de la agenda podrían incluso ir en contra de ello, como el plan de «maximizar los ingresos por exportación de energía y acelerar el desarrollo de la energía hidroeléctrica», si ello implica megaproyectos en zonas montañosas con graves consecuencias medioambientales y sociales. Según se informa, miembros del movimiento de la Generación Z que propició los drásticos cambios políticos en Nepal están dialogando con el Gobierno (algunos incluso forman parte de él), y sé que algunos de ellos abogan por una democracia más arraigada y por la sostenibilidad ecológica. Pero no está claro hasta qué punto pueden influir en su rumbo y, lo que es más importante, hasta qué punto la visión de la Generación Z en su conjunto va más allá de las meras reformas.
Se necesita un pensamiento visionario
Uno de los elementos cruciales que faltan en muchos de estos movimientos revolucionarios es una especie de «prefiguración». Una vez alcanzado el objetivo principal de derrocar un régimen o destituir a un ministro corrupto, ¿qué viene después? ¿Existe una visión del tipo de política y economía que beneficie a todos y que no dé lugar a concentraciones de poder y riqueza? ¿Existe algún tipo de reflexión sobre una vía de «desarrollo» que no conduzca a desigualdades escandalosas y al colapso ecológico? ¿Son quienes asumen el poder —ya sean designados o elegidos por la juventud— el tipo de personas que valorarán genuinamente la democracia y harán todo lo posible por fortalecerla?
Más allá de algunas medidas dramáticas, como detener a políticos y burócratas visiblemente corruptos del régimen anterior, ¿tienen la visión necesaria para descentralizar el poder entre los ciudadanos, de modo que se pueda ejercer un control público sobre la corrupción en general? Si el desempleo y la inflación han sido uno de los principales motores de las protestas, ¿saben los nuevos líderes cómo generar medios de vida dignos y contener los precios de forma equitativa y ecológicamente sostenible… o se limitarán a repetir los modelos fallidos de industrialización y fomento del consumismo, u otros elementos similares de la economía neoliberal que no consideran los límites ecológicos como un problema grave?
Ninguna de estas vías alternativas es fácil de concebir, y mucho menos de poner en práctica. Pero tampoco son imposibles, como demuestran miles de iniciativas exitosas en todo el mundo³. Las comunidades han demostrado cómo puede funcionar la democracia real (no el tipo superficial occidental en el que nuestros derechos se limitan principalmente al voto), donde todo el mundo tiene voz, la toma de decisiones parte de las comunidades rurales y urbanas, y la naturaleza forma parte de dicha toma de decisiones⁴. Los colectivos de trabajadores han demostrado cómo puede llevarse a cabo una producción responsable de la que todos se benefician. Los grupos de agricultores han puesto de manifiesto una diversidad de sistemas de producción alimentaria que no destruyen ni envenenan el suelo, el agua y toda la vida que albergan. Se están creando millones de medios de vida dignos en sectores de la economía que son ecológicamente responsables (lo que la Organización Internacional del Trabajo denomina «empleos verdes»), como las energías renovables descentralizadas y el transporte público.
La cuestión no es que esas soluciones no existan. Más bien, muy a menudo, los movimientos de protesta saben mucho mejor contra qué están que a favor de qué. Sus visiones y recetas para el cambio suelen limitarse a reformas dentro del mismo sistema. Por ejemplo, pueden exigir la independencia de las instituciones de supervisión electoral para reducir la influencia de los partidos políticos en las urnas, pero no van más allá para preguntarse: «¿Cómo puede descentralizarse el poder en sí mismo de tal manera que la ciudadanía pueda controlar todas las instituciones?». O, por poner un ejemplo medioambiental, O, por poner un ejemplo en el ámbito medioambiental, pueden exigir el abandono de los combustibles fósiles en favor de las energías renovables, pero sin plantearse qué tipo de energía renovable es verdaderamente equitativa y sostenible, ni cómo controlar el lujo y el consumo derrochador —cuestiones que llevan a cuestionar los propios modelos de desarrollo—.
La corrupción financiera es un problema que genera una ira y una frustración considerables, y con razón. Muchos movimientos juveniles y ciudadanos han surgido a raíz de esta lacra. Sin embargo, como ya he argumentado anteriormente en el contexto de un movimiento anticorrupción que obtuvo un importante impulso político en la India a principios de la década de 2010, la corrupción va mucho más allá de las malas prácticas financieras⁵. Existe la corrupción de las mentalidades, que conduce a una búsqueda desenfrenada de beneficios impulsada por la codicia, y a una política sin escrúpulos impulsada por el deseo de aferrarse al poder. Un sistema que carezca de corrupción financiera puede seguir siendo un sistema que genere enormes desigualdades e insostenibilidad ecológica. A menos que los movimientos de protesta tengan en su punto de mira todos estos tipos de corrupción y distorsiones, y una visión sobre cómo crear procesos de gobernanza y económicos que reduzcan las vías para esa codicia y esa sed de poder, su éxito será limitado. Algunas de las reivindicaciones del manifiesto del CJP (como liberar a los medios de comunicación del control corporativo) apuntan en esta dirección⁶, lo cual es alentador; y tal vez, con la participación de personas como el activista climático Sonam Wangchuk, de Ladakh, el alcance se amplíe a otros aspectos de la democracia y el medio ambiente.
Del mismo modo, el desempleo es otro de los principales motores de los movimientos, y con razón. Pero por lo general no cuestionan el modelo actual de «desarrollo» basado en un crecimiento económico sin fin y en una carrera tecnológica desenfrenada que permite la sustitución de la mano de obra y la capacidad de acción humanas por máquinas (algo que la inteligencia artificial va a potenciar significativamente). Deben trabajar para sustituir este modelo por enfoques que maximicen los medios de vida dignos basados en enfoques regenerativos de la naturaleza y la tecnología. En un país como la India, por ejemplo, esto significa dar prioridad a la producción artesanal y descentralizada y a la fabricación a pequeña escala, regenerar los millones de hectáreas de tierras degradadas para hacerlas productivas, ofrecer servicios descentralizados, fomentar el comercio local, etcétera.
Lo mismo ocurre con la educación. Los movimientos han exigido el acceso universal a las instituciones educativas, reformas en el sistema de exámenes, etc. Son reivindicaciones comprensibles. Pero los movimientos también deben preguntarse: si el sistema educativo actual está orientado hacia el individualismo y el egoísmo extremos, genera aspiraciones desmesuradas relacionadas con el dinero, la fama y el poder, y forma a los jóvenes para que encajen en los mismos sistemas corporativos y gubernamentales que han causado tanto estrago, ¿qué cambia realmente? Necesitamos una visión de la educación en la que los jóvenes puedan aprender de forma creativa y divertida; asumir la responsabilidad mutua y hacia la naturaleza; desarrollar al máximo los talentos y habilidades que deseen; aprender tanto de sus propias comunidades como de las de los demás; sentirse orgullosos de las culturas y lenguas de sus familias al tiempo que aprenden las de los demás; explorar opciones de sustento que les proporcionen dignidad y libertad; cuestionar las desigualdades tradicionales y las nuevas; y aprender a ser resilientes ante el cambio climático y otras crisis. Esperemos que, a medida que evolucione, el CJP pueda incorporar estos cambios sistémicos en sus reivindicaciones para la India, así como otros movimientos juveniles para otros países y regiones.
Para todos los cambios que he mencionado anteriormente, existen ejemplos vivos que están funcionando. Muchas soluciones no tienen por qué inventarse desde cero; ya existen en algún lugar del planeta. En otros textos he escrito sobre cómo la «flor de la transformación», en la que se están encontrando soluciones positivas para problemas económicos, políticos, sociales, culturales y ecológicos, es una forma de imaginar y poner en práctica un cambio holístico⁷. Por supuesto, sería muy difícil, si no imposible, que una sola nación (especialmente una pequeña con recursos internos limitados como Nepal) llevara a cabo por sí sola cambios tan radicales. Aquí es donde cobra importancia la cooperación transnacional entre pueblos y comunidades, siempre que sea posible, con el apoyo de quienes buscan el cambio en los nuevos gobiernos.
Para que la juventud de hoy pueda apreciar y aprender de todo ello, también es necesario que exista un diálogo y un aprendizaje intergeneracionales. No me refiero al tipo de diálogo en el que las clases explotadoras de las generaciones mayores intentan adoctrinar a los jóvenes para que se adapten al mismo sistema explotador (con la ayuda de un poderoso sector publicitario corporativo). Más bien, aquellos de nosotros que hemos intentado cambiar los sistemas hacia visiones del mundo más radicalmente progresistas y aquellos de los pueblos indígenas y las comunidades locales que siguen «pisando con delicadeza sobre la tierra» tenemos la responsabilidad de poner a disposición nuestro conocimiento y nuestra experiencia, no como imposiciones, sino como una historia que encierra importantes lecciones. En general, hemos fracasado en nuestros esfuerzos (un «gran F», por usar un término de la Generación Z que he aprendido recientemente), pero también hay muchos éxitos concretos (en los que «lo hemos petado»). De ambos se puede aprender.La Generación Z (¡y ahora la Generación A y cualquier otra letra que le siga!) tiene la energía, el espíritu innovador y la creatividad necesarios para liderar revoluciones hacia un mundo mejor. Pero para ello, la protesta debe ir acompañada de una prefiguración de las transformaciones fundamentales que la humanidad necesita llevar a cabo. Esperemos que las numerosas revoluciones en las que participa la juventud, en todo el mundo, ya estén considerando o vayan a considerar este enfoque, con movimientos ciudadanos de todas las edades que se levanten en apoyo y solidaridad.
Referencias
1 El comentario de CJI sobre las «cucarachas» desata el debate sobre la dignidad de la juventud y el discurso público.
2 Balen. (s. f.). Agenda de reforma de 100 puntos.
3 Democracia ecológica radical: en busca de alternativas al actual modelo de desarrollo insostenible y desigual.
4 Global Tapestry of Alternatives. 2025. Democracia radical: recuperar las raíces del autogobierno y la autonomía.
5 Kothari, Ashish. 2011. «La corrupción y el derecho a participar», Economic and Political Weekly XLVI(35).
6 Manifiesto del Partido Cockroach Janta.
7 Kothari, Ashish. 2022. «La flor de la transformación», meer.com.
Ashish Kothari
Ashish Kothari
Ecologista afincado en la India, Ashish ha contribuido a la fundación de varias organizaciones y redes nacionales y globales. Las opiniones expresadas en esta columna no representan necesariamente las de ninguna de ellas.
Jóvenes en una manifestación por la justicia climática, Pune (India), septiembre de 2020 @ Ashish Kothari
Participantes de la Asamblea Juvenil de Indonesia en la Asamblea de la GTA, Bandung, abril de 2026 @ Ashish Kothari
Jóvenes en una manifestación por la justicia climática en Pune (India), septiembre de 2020 @ Ashish Kothari
Youth Vikalp Sangam (Confluencia de Alternativas): mapeo de los movimientos juveniles en toda la India @ Ashish Kothari
Jóvenes en una marcha de protesta organizada por Kalpavriksh para proteger los bosques de Delhi, 1979 @ Mahendra Vyas
Jóvenes indígenas huni kuin en el evento «Global Tapestry of Alternatives», Belém (Brasil) @ Ashish Kothari
Participantes de la Asamblea Juvenil de Indonesia en la Asamblea del GTA, Bandung, abril de 2026 @ Ashish Kothari
Jóvenes en una manifestación por la justicia climática en Pune (India), septiembre de 2020 @ Ashish Kothari
Jóvenes en una manifestación por la justicia climática, Pune (India), septiembre de 2020 @ Ashish Kothari
Jóvenes en una marcha de protesta organizada por Kalpavriksh para proteger los bosques de Delhi, 1979 @ Mahendra Vyas
Jóvenes indígenas Huni Kuin en el evento «Global Tapestry of Alternatives», Belém (Brasil) @ Ashish Kothari
Youth Vikalp Sangam (Confluencia de Alternativas): mapeo de los movimientos juveniles en toda la India @ Ashish Kothari