LUIS VIGIL (En Nueva Dimensión (Ciencia Ficción y Fantasía) - 1977)
Esto era lo que decían las pegatinas de color amarillo, con un sol sonriente en el centro, que llevaban las personas que se manifestaron el pasado 5 de junio, en la Plaza de San Jaime de Barcelona, frente al Ayuntamiento y la Diputación -antigua Generalitat de Catalunya-, en conmemoración del Día Mundial de Lucha por el Medio Ambiente.
Pegatinas, paraguas negros y máscaras antigas, eran los signos externos que indicaban que uno era participe de la convocatoria, antinuclear principalmente, pero que también protestaba contra la creciente polución del medio ambiente y que reclamaba un control popular de los recursos naturales, cada vez más escasos.
Manifestación pacífica en la que, además de los habituales «pasados» que se apuntan a todo lo que sucede en el casco viejo de la Ciudad Condal, se podía ver a personas de un cierto renombre científico, luchadores en pro de la ecología y los habituales curiosos que se arremolinan en torno a todo lo que tiene aspecto de romper el tedio ciudadano.
El que esto escribe también estaba alli, participando en esta demostración, que más pacífica no podía ser, pues pacíficas eran las personas que la realizaban y, sobre todo, pacífica era la idea que las movía.
Caía un sol de justicia, por lo que los paraguas negros de la protesta doblaban perfectamente su utilidad, al servir de sombrillas. Unos militantes ecologistas vendían algunas publicaciones multicopiadas sobre los peligros de lo nuclear, algunos ejemplares de revistas contraculturales que han tratado del tema de la Ecología, y el número cero de lo que será la revista de los ecólogos españoles.

Perfecta convivencia ciudadana, que hasta había sido intentada manipular por las autoridades municipales, al incluir la cuestión en su programa de ferias y congresos…. pero había alguien a quien aquella manifestación no le hacia ni pizca de gracia. Y, de pronto, subiendo por la calle Jaime Primero, aparecieron las conocidas figuras grises de dos Land-Rover y un autobús de las brigadas antidisturbios.
¿Antidisturbios? ¿Qué disturbio había alli?
Como se pudo ver, la idea del disturbio parece ser muy distinta para el ciudadano de a pie y las altas jerarquías de la Administración.
Un oficial, de rostro hosco, se dirigió a la masa de emparaguados y enmascarados:
-Ya se me están disolviendo, y no quiero volverlos a ver por ninguna parte.
Lo de siempre, la dialéctica del monólogo.
Los manifestantes, pacíficos ellos, decidieron emprender la retirada, si bien con una cierta intranquilidad, al surgir un incidente entre los antidisturbios y un fotógrafo que estaba cumpliendo con su cometido informativo.
Así que, con sus pegatinas y máscaras y los paraguas aún protegiéndoles del sol ya que no de las iras de la mítica «Autoridad», que todo lo puede-, comenzaron a caminar por la calle Fernando, rumbo a las populares y atestadas Ramblas.
Los vehículos de los antidisturbios los adelantaron, camino también de la arbolada arteria barcelonense. Y uno, ya viejo perro en esto de las manifestaciones, con las suelas gastadas de correr y la espalda algo resentida de la caricia de las porras, se dijo: «¡Tate! ¡Esto no me huele bien!»
En efecto, algo más allí, a la altura del Liceo, los antidisturbios esperaban de nuevo a la columna emparaguada. Esta vez la argumentación fue más contundente. Y la manifestación fue disuelta una, dos y tres veces, hasta que incluso los más testarudos ecólogos se lo pensaron mejor, y se fueron a sus casas, o cerraron los paraguas y se mezclaron entre los viandantes de las Ramblas.
Y lo más irónico era que, a lo largo y ancho de esta calle, las fuerzas políticas del país, legales o no, estaban haciendo propaganda de sus programas. Quedaba demostrado que se podía pedir la República, la disolución del sistema capitalista-burgués, la instauración de una dictadura militar, la venida de Carlos Hugo o del comunismo… pero no una sana política nuclear.
De modo que pensé que no estaba muy claro quien habría movilizado el aparato represivo contra los de los paraguas… si unas autoridades supuestamente resguardadoras del orden y la paz públicas, o unos intereses ligados al átomo energético y al cobro del kilowatio.
Luego, en una de las terrazas de la Rambla, refrescando con una cerveza el calor de las carreras y el sol, hablaba con otro de los dispersados, geólogo él y miembro de alguna de las asociaciones anti-polución.
-No hay remedio -le decía yo-, hasta que la gente no empiece a caerse muerta por la polución, la radiación, el hambre, no habrá una verdadera conciencia de estos problemas.
-No te creas- me respondía él- En los sitios afectados, ya se tiene esa conciencia. Mira, por ejemplo, lo que pasa en los lugares en que dicen que van a edificar una central nuclear. Cuando a la gente le llega la mierda al cuello, reacciona…
-¿Y qué reacción puede tener?
-Uy! -dijo el geólogo- La de los pescadores sicilianos, que cuando vieron que una fábrica de productos químicos les llenaba de mierda el mar y les mataba los peces, cogieron dinamita y la volaron. Los partidos protestaron por los obreros que quedaban en paro, y los pescadores les dijeron que ellos también eran obreros. Y la fábrica no se volvió a reconstruir.
-¿Así que crees en el sabotage ecológico, eso que llaman los estadounidenses el ecotage?
-Creo.
Y yo quizá también, después de ver como nos va por los medios pacíficos.