El oxígeno y los aires del olvido – lo más importante de nuestra vida

(English)

Ashish Kothari (Biografía más abajo) (Traducción: A Planeta)

Foto: Ashish Kothari. La deforestación en el Himalaya indio ahonda nuestra ruptura con la naturaleza

El oxígeno, de repente, se ha convertido en una palabra importante. En la India, mientras millones de personas se ven afectadas por una segunda y más mortífera ola de Covid-19 que ataca a los pulmones, se lanzan frenéticos mensajes en todas las redes sociales: “Se necesita oxígeno”. En Twitter y Facebook son tendencia los traumatizantes vídeos de pacientes que jadean, muchos de los cuales mueren mientras esperan ser admitidos en los hospitales o por falta de máquinas de oxígeno. La capital del país, Nueva Delhi, parece una zona de guerra, epicentro de un desastroso colapso de los sistemas sanitarios. La crisis es grave también en muchas otras partes de la India, donde los medios de comunicación no están presentes para cubrir de forma sensacionalista.

La escasez de oxígeno en un mundo que está inundado de él es una cruel ironía. Pero quizá sea una metáfora de lo que ocurre cuando damos las cosas por sentadas. Cosas como la vida y lo que la hace posible.

En las dos últimas décadas, he preguntado a miles de personas… estudiantes, niños, académicos, activistas (¡incluso activistas del derecho a la vida!), de dónde viene nuestro oxígeno. Es una medida de la naturaleza empobrecida de nuestro sistema educativo que he obtenido la respuesta correcta tal vez sólo una docena de veces. La mayoría de la gente dice “árboles” o, si se cree inteligente, “vegetación”; algunos dicen bosques, otros dicen Amazonas (el bosque, no la empresa (en inglés “Amazon”), aunque no me sorprendería que en la próxima generación muchos piensen que es esto último). Casi nadie parece saber que la mayor parte del oxígeno de la Tierra procede de criaturas microscópicas de los mares, acumulado durante millones de años de fotosíntesis.

Nuestra ignorancia sobre la procedencia de lo más importante de nuestra vida es sintomática del cisma (o, para usar el término de Marx, “fractura”) que se ha producido entre nosotros y el resto de la naturaleza. Nótese que utilizo el término “resto de la naturaleza”; no digo “entre nosotros y la naturaleza”, porque somos parte de la naturaleza. Pero esta comprensión fundamental, que los pueblos indígenas y otras comunidades tradicionales han conocido y reflejado en sus formas de vida y de ser durante milenios, se ha perdido para el mundo moderno en su arrogancia por dominar la naturaleza y su carrera por el “desarrollo”.

Los modernos “educados” nos damos aires de quienes somos, actitudes que nos hacen olvidar quiénes somos realmente. Nuestros aires nos hacen dar por sentado el aire. La mayoría de los que formamos parte de un sistema de educación formal con su énfasis en las Tres Erres y en el lado racional de nosotros, habríamos crecido imbuyendo la idea de que nosotros, como humanos, estamos en la cima de una pirámide evolutiva, que somos el pináculo de lo que la naturaleza (o dios o cualquier otra inclinación de uno) pretendía. Estamos hechos para perder o suprimir nuestros instintos, nuestras emociones, nuestra capacidad innata de conectar no sólo con otras personas sino con toda la vida que nos rodea, todos los elementos naturales, incluidos los que llamamos no vivos.

Pensar en nosotros mismos como si estuviéramos en la cima de la pirámide nos permite pensar que está justificado que dominemos la tierra, que hay una jerarquía integrada en el orden natural. En segundo lugar, nos permite “alterar” al resto de la naturaleza, del mismo modo que los blancos alteraron a las “razas de color” y no se lo pensaron dos veces a la hora de comerciar con ellas como esclavos, o los hombres han alterado a las mujeres y han considerado que está bien chulearse de ellas. Los animales, las plantas y los ecosistemas enteros se convierten en mercancías para explotar, desprovistas de su propio actuar y subjetividad, que sólo existen para satisfacer el insaciable apetito de la humanidad industrializada.

Volvamos al oxígeno. El propio término es indicativo del cisma del que hablo. Este componente del aire fue “descubierto” por la ciencia moderna en torno a 1600 y recibió varios nombres, como “cibus vitae” (alimento de la vida). En 1777, el científico Antoine Lavoisier lo rebautizó como oxygène, del griego oxys (que significa agudo y se refiere al ácido) y genes (algo que engendra o produce). Tenía la falsa impresión de que todos los ácidos tenían oxígeno; aunque esto se corrigió más tarde, el término permaneció, con todas sus implicaciones reduccionistas.

No sé si las culturas premodernas identificaron o no este componente vital del aire. Pero sus términos indican claramente un profundo respeto por lo que el aire significa para nosotros. En varias lenguas indias que tienen origen o raíces en el sánscrito, por ejemplo, se utiliza el término prana vayu (aire vital) para indicar que se trata de un elemento vital, no meramente químico o físico. Los ejercicios de respiración y la meditación relacionada con ellos en el yoga se denominan pranayama, ejercicios que dan vida. Es interesante que el primitivo científico-filósofo Michael Sendivogius, que describió este componente del aire, lo llamara cibus vitae (alimento de la vida), cercano a los términos tradicionales de la comunidad, pero los científicos posteriores optaron por considerarlo de forma mucho más restringida.

Pensar-percibir-sentir el aire (o el agua) como algo que da vida, que está dentro de nosotros y que nosotros estamos dentro, no nos permite separarnos de él. Descomponerlo en elementos químicos o físicos anodinos, como hacemos con la naturaleza en su conjunto en el modernismo actualmente dominante, nos permite tratarlo como el “otro”. En el caso del agua, el filósofo y crítico social Ivan Illich lo articuló brillantemente en muchas obras, como “H2O y las aguas del olvido” (que he tomado prestado descaradamente para el título de este ensayo).

Así, se nos anima a pensar en los bosques como en la madera, en la biodiversidad marina como en la pesca, en los animales salvajes como en la caza, en las plantas como en los recursos genéticos. Todos ellos son despojados de su valor por derecho propio, de su respeto tal y como nos gustaría que nos respetaran a nosotros mismos, de su vida independiente de los humanos. La naturaleza se convierte en un recurso natural, como si su razón de ser fuera nuestra explotación. La destrucción de las selvas tropicales, la cría de animales en campos de concentración masiva, la explotación de la carne silvestre para alimentar un mercado global… todo se convierte en algo normal. Y voilà, salta el Coronavirus, que antes se contentaba con vivir en sus huéspedes no humanos, pero que ahora tiene la oportunidad de hacer una gira mundial a lomos de personas y materiales que se apresuran por todo el mundo en una loca carrera por el desarrollo globalizado. Los gobiernos nacionales y las corporaciones capitalistas se preocupan brevemente, pero luego aprenden rápidamente a utilizar la situación en su beneficio, aumentando significativamente la vigilancia y las medidas autoritarias en nombre de la salud o aumentando enormemente sus beneficios a través del comercio online y las vacunas patentadas.

Si queremos hacer las paces con la tierra y sus virus, microorganismos, plantas y animales… que es la única forma en que sobreviviremos… necesitamos alterar fundamentalmente nuestra economía y política. Para ello, debemos aprender de los pueblos que han vivido en relativa armonía con su entorno natural, los pueblos indígenas y otras comunidades locales (pescadores, pastores, agricultores, etc.), muchos de los cuales aún conservan la sabiduría y los conocimientos de los que podemos beneficiarnos. En palabras de Nemonte Nenquimo, del pueblo indígena Waorani, en el Amazonas: “Este es mi mensaje para el mundo occidental: vuestra civilización está matando la vida en la Tierra… Hemos tardado miles de años en conocer la selva amazónica… Nunca tuve la oportunidad de ir a la universidad y convertirme en médica, ni en abogada, ni en política, ni en científica. Mis mayores son mis maestros. La selva es mi maestra… Tampoco podré enseñarte en esta carta. Pero lo que puedo decir es que tiene que ver con miles y miles de años de amor por este bosque, por este lugar. Amor en el sentido más profundo, como reverencia. Este bosque nos ha enseñado a caminar con ligereza, y porque lo hemos escuchado, aprendido y defendido, nos ha dado todo: agua, aire limpio, alimento, refugio, medicinas, felicidad, sentido. Y nos están quitando todo esto, no sólo a nosotros, sino a todos los habitantes del Planeta, y a las generaciones futuras”.

Con los impactos cada vez más visibles de las crisis combinadas de la biodiversidad, el clima y la contaminación (un dato curioso: el recuento medio de espermatozoides en los hombres de los países occidentales se ha reducido a la mitad en los últimos 20 años, debido a los contaminantes de los plásticos), las palabras de Nenquino deberían ser nuestra llamada de atención. Al igual que Covid-19. Esta sacudida que hemos recibido debería llevarnos a reconceptualizar y reconstruir una economía que (a diferencia del capitalismo) esté dentro de los límites ecológicos y que ponga en el centro el bienestar de todos y las relaciones de cuidado y reparto. Debería llevarnos a una política en la que cada uno de nosotros recupere el poder que nos es inherente, a través de procesos de democracia ecológica radical o swaraj en los que ni el Estado ni la empresa puedan dominarnos. Debería fortalecer las luchas por la justicia social, la equidad y la igualdad, la erradicación del racismo, el castismo y el patriarcado. Debería enseñarnos a respetar la diversidad cultural y de conocimientos y a mantener el conocimiento en el patrimonio común y no en manos privadas codiciosas (la lucha contra los derechos de propiedad intelectual sobre la vacuna Covid como ejemplo). Y debería decirnos que la ética o los valores espirituales de la solidaridad, el amor, la generosidad, el cuidado, la autonomía, la paz, la responsabilidad son los que debemos apreciar y reflejar en nuestra vida cotidiana. Hay miles de iniciativas fundamentadas en todo el mundo que demuestran que todo esto es posible, un verdadero pluriverso de posibilidades y realidades, si sólo los demás estamos dispuestos a escuchar y aprender.

Volvamos al oxígeno. Los últimos doscientos años de devastación industrial han tenido su impacto en los océanos, convirtiendo las zonas costeras y cercanas a la costa en vertederos tóxicos, acidificados y llenos de plástico, y llenando incluso las profundidades marinas de contaminantes de diversa índole. Los contaminantes pueden causar floraciones de algas localizadas -una rápida superpoblación de algunas especies- que se sabe que agotan los niveles de oxígeno y provocan la muerte masiva de peces. Sin embargo, dado que las reservas de oxígeno acumuladas en la Tierra son enormes, es dudoso que la humanidad u otras formas de vida en su conjunto se queden literalmente sin aliento en un futuro próximo; no nos quedaremos sin él hasta dentro de miles, quizá millones de años, lo cual es mucho tiempo dado que tendemos a tomar decisiones en ciclos electorales de 5 años. Pero en sentido figurado, esto ya está ocurriendo para millones de especies que se están extinguiendo por culpa del Homo industrialis. Y literalmente, para millones de personas que viven o trabajan en ciudades y zonas industriales contaminadas, para los peces y otras criaturas acuáticas en aguas contaminadas y sin oxígeno, y para los millones de personas cuyos pulmones están actualmente invadidos por el Covid-19, la falta de aliento es muy real. Nada de lo anterior debe entenderse como un apoyo a la sugerencia totalmente ridícula y científicamente ignorante de Kangana Ranaut, una famosa actriz india cercana al partido de derechas en el poder, de que “cualquiera que sienta niveles bajos de oxígeno”, a modo de apunte, debería plantar árboles!

Nosotros -la parte industrializada, elitista y hambrienta de poder y dinero de la humanidad- hemos sido unos pésimos administradores del Planeta Tierra. ¿Nos recordará un virus que nuestro lugar no está en la cima de la pirámide, sino que formamos parte de un círculo de vida con miles de millones de otros seres que comparten la Tierra con nosotros? ¿Verán nuestros descendientes en 2100 el año 2020-21 como el gran punto de inflexión, cuando empezamos a salir de las trampas tendidas por nuestros propios aires y alcanzamos el tipo de custodia de la Tierra del que el Homo sapiens -si es realmente sapiente (sabio)- debería ser capaz? ¿O se habrán hundido en el tipo de distopía que muestran películas como Waterworld?

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Ashish Kothari

Miembro fundador del grupo medioambiental indio Kalpavriksh, Ashish impartió clases en el Instituto Indio de Administración Pública, coordinó el proceso de la Estrategia Nacional de Biodiversidad y el Plan de Acción de la India, formó parte de las Juntas Directivas de Greenpeace Internacional y de la India, y ayudó a iniciar el Consorcio mundial ICCA.

http://debate.uvm.edu/asnider/Ivan_Illich/Ivan_Illich_h2oandwatersofforgetfulness.pdf

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