Guerra en Ucrania: Diez lecciones de Siria

Por Le Cantine Syrienne de Montreuil y Les Peuples Veulent /
Publicado en CrimethInc /Traducción: A Planeta
Foto: Los retratos de Putin y Assad observan a los soldados armados que patrullan las ruinas de Siria.

Personas exiliadas sirias hablan de cómo su experiencia puede servir de base para la resistencia a la invasión

En marzo de 2011, estallaron las protestas en Siria contra el dictador Bashar al-Assad. Assad puso todo el poder del ejército en contra del movimiento revolucionario que surgió; sin embargo, durante algún tiempo, parecía posible que pudiera derrocar a su gobierno. Entonces Vladimir Putin intervino, permitiendo que Assad se mantuviera en el poder con un tremendo coste en vidas humanas y asegurando un punto de apoyo para el poder ruso en la región. En el siguiente texto, un colectivo de exiliados sirios y sus compañeros reflexionan sobre cómo sus experiencias en la revolución siria pueden informar sobre los esfuerzos para apoyar la resistencia a la invasión en Ucrania y el movimiento antiguerra en Rusia.

Este último mes se ha centrado tanto la atención en Ucrania y Rusia que es fácil perder de vista el contexto global de estos acontecimientos. El siguiente texto ofrece una valiosa reflexión sobre el imperialismo, la solidaridad internacional y la comprensión de los matices de luchas complejas y contradictorias.

Diez lecciones de Siria

Sabemos que puede ser difícil posicionarse en un momento como éste. Entre la unanimidad ideológica de los principales medios de comunicación y las voces que transmiten sin escrúpulos la propaganda del Kremlin, puede ser difícil saber a quién escuchar. Entre una OTAN con las manos sucias y un régimen ruso villano, ya no sabemos contra quién luchar, a quién apoyar.

Como participantes y amigos de la revolución siria, queremos defender una tercera opción, ofreciendo un punto de vista basado en las lecciones de más de diez años de levantamiento y guerra en Siria.

Dejémoslo claro desde el principio: hoy en día, seguimos defendiendo la revuelta en Siria en todas las formas en que fue un levantamiento popular, democrático y emancipador, especialmente los comités de coordinación y los consejos locales de la revolución. Aunque muchos han olvidado todo esto, mantenemos que ni las atrocidades y la propaganda de Bashar al-Assad ni las de los yihadistas pueden silenciar esta voz.

En lo que sigue, no pretendemos comparar lo que ocurre en Siria y en Ucrania. Si estas dos guerras comenzaron ambas con una revolución, y si uno de los agresores es el mismo, las situaciones siguen siendo muy diferentes. Más bien, basándonos en lo que hemos aprendido de la revolución en Siria y de la guerra que le siguió, esperamos ofrecer algunos puntos de partida para ayudar a aquellos que sinceramente abrazan los principios emancipadores a averiguar cómo tomar una posición.

Una pancarta en la ciudad siria de Kafranbel. Para una nota sobre las banderas que aparecen en esta fotografía, consulte el apéndice, más abajo.

1. Escuchar las voces de las personas afectadas inmediatamente por los acontecimientos.

Más que a los expertos en geopolítica, deberíamos escuchar las voces de quienes han vivido la revolución de 2014 y han vivido la guerra; deberíamos escuchar a quienes han sufrido bajo el gobierno de Putin en Rusia y en otros lugares durante veinte años. Os invitamos a favorecer las voces de las personas y organizaciones que defienden los principios de la democracia directa, el feminismo y el igualitarismo desde ese contexto. Entender su posición en Ucrania y sus demandas a los que están fuera de ella te ayudará a llegar a una opinión informada de la tuya.

Adoptar este enfoque en Siria habría elevado -y quizás apoyado- los impresionantes y prometedores experimentos de autoorganización que florecieron en todo el país. Además, escuchar las voces procedentes de Ucrania nos recuerda que todas estas tensiones comenzaron con el levantamiento de Maidan. Por muy imperfecto o «impuro» que sea, no cometamos el error de reducir el levantamiento popular ucraniano a un conflicto de intereses entre grandes potencias, como algunos hicieron intencionadamente para oscurecer la revolución siria.

2: Cuidado con la geopolítica de sobremesa.

Ciertamente, es deseable entender los intereses económicos, diplomáticos y militares de las grandes potencias; sin embargo, contentarse con un marco geopolítico abstracto de la situación puede dejarnos con una comprensión abstracta e inconexa del terreno. Esta forma de entender tiende a ocultar a los protagonistas ordinarios del conflicto, a los que se parecen a nosotras, a aquellas personas con las que podemos identificarnos. Sobre todo, no lo olvidemos: lo que ocurrirá es que la gente sufrirá por las decisiones de los gobernantes que ven el mundo como un tablero de ajedrez, como una reserva de recursos que hay que saquear. Esta es la forma en que los opresores ven el mundo. Nunca deberían adoptarla los pueblos, que deberían centrarse en tender puentes entre ellos, en encontrar intereses comunes.

Esto no significa que debamos descuidar la estrategia, sino que significa elaborar una estrategia en nuestros propios términos, a una escala en la que podamos actuar nosotros mismos, y no debatir sobre si hay que mover las divisiones de tanques o reducir las importaciones de gas. Para más información, véanse nuestras propuestas concretas al final del artículo.

3: No aceptar ninguna distinción entre exiliados «buenos» y «malos».

Seamos claros: aunque no es lo ideal, la acogida de los refugiados sirios en Europa fue a menudo más acogedora que la ofrecida a los refugiados del África subsahariana, por ejemplo. Las imágenes de refugiados negros rechazados en la frontera entre Ucrania y Polonia y los comentarios de los medios de comunicación corporativos que privilegian la llegada de refugiados ucranianos de «alta calidad» frente a los bárbaros sirios son la prueba de un racismo europeo cada vez más desinhibido. Defendemos la acogida incondicional de los ucranianos que huyen de los horrores de la guerra, pero rechazamos cualquier jerarquía entre los refugiados.

4: Desconfía de los medios de comunicación corporativos.

Si, como en el caso de Siria, pretenden defender una agenda humanista y progresista, la mayoría de estos medios tienden a limitarse a un retrato victimista y despolitizador de les ucranianes sobre el terreno y en el exilio. Sólo se les da la oportunidad de hablar de casos individuales, de personas que huyen, del miedo a las bombas, etc. Esto impide que les espectadores entiendan a los ucranianos como actores políticos de pleno derecho capaces de expresar opiniones o análisis políticos sobre la situación de su propio país. Además, estos medios tienden a promover una posición crudamente pro-occidental sin matices, profundidad histórica o indagación sobre los intereses de los gobiernos occidentales, que se presentan como defensores del bien, la libertad y una democracia liberal idealizada.

Otra fotografía de Kafranbel.

5. No presentar a los países occidentales como el eje del bien.

Aunque no estén invadiendo directamente Ucrania, no seamos ingenuos con respecto a la OTAN y los países occidentales. Debemos negarnos a presentarlos como los defensores del «mundo libre». Recordemos que Occidente ha construido su poder sobre el colonialismo, el imperialismo, la opresión y el saqueo de las riquezas de cientos de pueblos de todo el mundo, y que continúa con todos estos procesos en la actualidad.

Por hablar sólo del siglo XXI, no olvidamos los desastres infligidos por las invasiones de Irak y Afganistán. Más recientemente, durante las revoluciones árabes de 2011, en lugar de apoyar las corrientes democráticas y progresistas, Occidente se preocupó principalmente por mantener su dominio y sus intereses económicos. Al mismo tiempo, sigue vendiendo armas y manteniendo relaciones privilegiadas con las dictaduras árabes y las monarquías del Golfo. Con su intervención en Libia, Francia añadió la vergonzosa mentira de una guerra por motivos económicos disfrazada de esfuerzo para apoyar la lucha por la democracia.

Además de este papel internacional, la situación dentro de estos países sigue deteriorándose, ya que el autoritarismo, la vigilancia, la desigualdad y, sobre todo, el racismo siguen intensificándose.

Hoy en día, si creemos que el régimen de Putin representa una mayor amenaza para la autodeterminación de los pueblos, no es porque los países occidentales se hayan vuelto repentinamente «amables», sino porque las potencias occidentales ya no disponen de tantos medios para mantener su dominación y su hegemonía. Y seguimos sospechando de esta hipótesis, porque si Putin es derrotado por los países occidentales, esto contribuirá a darles más poder.

Por lo tanto, aconsejamos a los ucranianos que no cuenten con la «comunidad internacional» ni con las Naciones Unidas, que, como en el caso de Siria, brillan por su hipocresía y tienden a hacer creer a la gente en quimeras.

6: ¡Combatir todos los imperialismos!

«Campismo» es la palabra que utilizamos para describir una doctrina de otra época. Durante la Guerra Fría, los partidarios de este dogma sostenían que lo más importante era apoyar a la URSS a toda costa contra los Estados capitalistas e imperialistas. Esta doctrina persiste hoy en la parte de la izquierda radical que apoya a la Rusia de Putin en la invasión de Ucrania o bien relativiza la guerra en curso. Como hicieron en Siria, utilizan el pretexto de que los regímenes ruso o sirio encarnan la lucha contra el imperialismo occidental y atlantista [es decir, pro-OTAN]. Por desgracia, este antiimperialismo maniqueo, puramente abstracto, se niega a ver el imperialismo en cualquier otro actor que no sea Occidente.

Sin embargo, es necesario reconocer lo que los regímenes ruso, chino e incluso iraní han estado haciendo desde hace años. Han estado extendiendo su dominio político y económico en ciertas regiones desposeyendo a las poblaciones locales de su autodeterminación. Que los campistas usen la palabra que quieran para describir esto, si «imperialismo» les parece inadecuado, pero nunca aceptaremos ninguna excusa para infligir violencia y dominación a las poblaciones en nombre de una precisión pseudo-teórica.

Peor aún, esta posición empuja a esta «izquierda» a retransmitir la propaganda de estos regímenes hasta el punto de negar atrocidades bien documentadas. Hablan de «golpe de Estado» cuando describen el levantamiento de Maidan o niegan los crímenes de guerra perpetrados por el ejército ruso en Siria. Esta izquierda ha llegado a negar el uso de gas sarín por parte del régimen de Assad, apoyándose en una (a menudo comprensible) desconfianza hacia los medios de comunicación convencionales para difundir estas mentiras.

Es una actitud despreciable e irresponsable, teniendo en cuenta que el auge de las teorías conspirativas nunca favorece una posición emancipadora, sino más bien a la extrema derecha y el racismo. En el caso de la guerra de Ucrania, estos imbéciles antiimperialistas, algunos de los cuales se declaran sin embargo antifascistas, son los aliados circunstanciales de una gran parte de la extrema derecha.

En Siria, enardecidos por las fantasías supremacistas y los sueños de una cruzada contra el Islam, la extrema derecha ya defendió a Putin y al régimen sirio por sus supuestas acciones contra el yihadismo, sin entender nunca la responsabilidad que el régimen de Assad tuvo en el ascenso de los yihadistas en Siria.

Otra fotografía de Kafranbel.

7: No atribuir la misma responsabilidad a Ucrania y a Rusia.

En Ucrania, la identidad del atacante es conocida por todos. Si la ofensiva de Putin es en cierto modo una respuesta a la presión de la OTAN, es sobre todo la continuación de una ofensiva imperial y contrarrevolucionaria. Después de haber invadido Crimea, después de haber contribuido a aplastar los levantamientos en Siria (2015-2022), Bielorrusia (2020) y Kazajistán (2022), Vladimir Putin ya no tolera este viento de protesta -encarnado por el derrocamiento del presidente prorruso en el levantamiento de Maidan- dentro de los países bajo su influencia. Desea aplastar cualquier deseo emancipador que pueda debilitar su poder.

También en Siria no hay duda de quién es el responsable directo de la guerra. El régimen sirio de Bashar al-Assad, al ordenar a la policía que disparara, encarcelara y torturara a los manifestantes desde los primeros días de protesta, optó unilateralmente por iniciar una guerra contra la población. 
Nos gustaría que quienes defienden la libertad y la igualdad se posicionaran unánimemente contra estos dictadores que emprenden guerras contra el pueblo. Nos gustaría que así fuera ya, en referencia a Siria.

Si entendemos y nos sumamos al llamamiento a poner fin a la guerra, insistimos en que debemos hacerlo sin ninguna ambigüedad en cuanto a la identidad del agresor. Ni en Ucrania, ni en Siria, ni en ningún otro lugar del mundo se puede culpar a la gente corriente por tomar las armas para intentar defender su propia vida y la de sus familias.

En términos más generales, aconsejamos a las personas que no saben lo que es una dictadura (aunque los países occidentales sean cada vez más abiertamente autoritarios) o lo que es ser bombardeado que se abstengan de decir a les ucranianes -como algunos ya han dicho a les siries o a les hongkoneses- que no pidan ayuda a Occidente o que no quieran una democracia liberal o representativa como sistema político mínimo. Muchas de estas personas ya tienen claras las imperfecciones de estos sistemas políticos, pero su prioridad no es mantener una posición política irreprochable, sino sobrevivir a los bombardeos del día siguiente, o no acabar en un país en el que una palabra descuidada puede llevarte a veinte años de cárcel. Insistir en este tipo de discurso purista demuestra la voluntad de imponer el propio análisis teórico en un contexto que no es el propio. Esto indica una verdadera desconexión con el terreno y un tipo de privilegio muy occidental.

En cambio, escuchemos las palabras de los camaradas ucranianos que decían, haciéndose eco de Mijaíl Bakunin, «Creemos firmemente que la república más imperfecta es mil veces mejor que la monarquía más ilustrada».

Una tienda de recuerdos en Damasco, Siria.

8: Comprender que la sociedad ucraniana, al igual que en Siria y Francia, está atravesada por diferentes corrientes.

Conocemos el procedimiento por el que un gobernante designa una amenaza grave para ahuyentar a sus posibles partidarios. Esto incluye la retórica sobre el «terrorismo islamista» que Bashar al-Assad utilizó desde los primeros días de la revolución en Siria; igualmente, hoy, el «nazismo» y el «ultranacionalismo» que Putin y sus aliados han blandido para justificar su invasión de Ucrania.

Si, por un lado, reconocemos que esta propaganda es deliberadamente exagerada y que no debemos legitimarla al pie de la letra, por otro lado, nuestra experiencia en Siria nos anima a no subestimar las corrientes reaccionarias dentro de los movimientos populares.

En Ucrania, los nacionalistas ucranianos, incluidos los fascistas, desempeñaron un papel importante en las protestas del Maidán y en la posterior guerra contra Rusia. Además, al igual que el Batallón Azov, se beneficiaron de esta experiencia y se convirtieron en una parte legítima del ejército regular de Ucrania. Sin embargo, esto no significa que la mayoría de la sociedad ucraniana sea ultranacionalista o fascista.

La extrema derecha sólo obtuvo el 4% de los votos en las últimas elecciones; el presidente ucraniano, judío y rusohablante fue elegido por el 73%.

En la revuelta de Siria, los yihadistas empezaron como actores marginales, pero adquirieron una importancia creciente, gracias en parte al apoyo exterior, lo que les permitió imponerse militarmente en detrimento del movimiento civil y de los participantes más progresistas. En todas partes, la extrema derecha amenaza la extensión de las democracias y de las revoluciones sociales; es el caso actual de Francia, sin duda. En Francia, esta misma extrema derecha intentó imponerse durante el movimiento de los Chalecos Amarillos. Si fue derrotada entonces, lo fue gracias a la presencia de posiciones igualitarias y a la determinación de los activistas antiautoritarios y antifascistas, y no por la palabrería de los entendidos.

Tengan cuidado de que defender la resistencia popular (tanto en Ucrania como en Rusia) contra la invasión rusa tampoco equivale a ser ingenuos sobre el régimen político que surgió de Maidan. No se puede decir que la caída de Yanukóvich haya supuesto una extensión real de la democracia directa o el desarrollo de la sociedad igualitaria que deseamos para Siria, Rusia, Francia y cualquier parte del mundo. Utilizando una expresión bien conocida por nosotras, algunes activistas ucranianes llaman a la post-Maidan una «revolución robada». Además de conceder un lugar importante a los ultranacionalistas, el régimen ucraniano fue restablecido por los oligarcas y otras personas preocupadas por defender sus propios intereses económicos y políticos y por extender un modelo de desigualdad capitalista y neoliberal.
 Asimismo, aunque nuestro conocimiento sobre este tema sigue siendo limitado, nos resulta difícil creer que el régimen ucraniano no tenga responsabilidad en la exacerbación de las tensiones con las regiones separatistas de Donbás.

En Siria, los revolucionarios implicados sobre el terreno tienen todo el derecho a criticar ferozmente las opciones de la oposición política que se posiciona en Estambul. Seguimos lamentando su decisión de no tener en cuenta las legítimas reivindicaciones de minorías como el pueblo kurdo.

Un régimen neoliberal y elementos fascistas son ingredientes que se encuentran en todas las democracias occidentales. Aunque no hay que subestimar a estos opositores a la emancipación, esto no es razón para no defender la resistencia popular a una invasión. Por el contrario, como desearíamos que otros hubieran hecho durante la revolución siria, les pedimos que apoyen a las corrientes autoorganizadas más progresistas dentro de la defensa.

La leyenda en árabe dice «El tiempo de la masculinidad y de los hombres».

9. Apoyar la resistencia popular en Ucrania y Rusia.

Como han demostrado las revoluciones árabes, los Chalecos Amarillos y el Maidan, los levantamientos del siglo XXI no serán ideológicamente «puros». Aunque entendemos que es más cómodo y galvanizador identificarse con actores poderosos (y victoriosos), no debemos traicionar nuestros principios fundamentales. Invitamos a la izquierda radical a quitarse sus viejas gafas conceptuales para confrontar sus posiciones teóricas con la realidad. Estas posiciones deben ajustarse a la realidad, y no al revés.

Por estas razones, en Ucrania, hacemos un llamamiento para que la gente priorice el apoyo a las iniciativas que provienen de la base: las iniciativas de autodefensa y autoorganización que están floreciendo actualmente. Se puede descubrir que, a menudo, las personas que se organizan pueden, de hecho, defender concepciones radicales de la democracia y la justicia social, aunque no se llamen a sí mismas «de izquierdas» o «progresistas».

Además, como han dicho muchos activistas rusos, creemos que un levantamiento popular en Rusia podría ayudar a poner fin a la guerra, al igual que en 1905 y 1917. Si tenemos en cuenta el alcance de la represión en Rusia desde que comenzó la guerra -más de diez mil manifestantes encarcelados, la censura de los medios de comunicación, el bloqueo de las redes sociales y quizás pronto de Internet- es imposible no esperar que una revolución pueda conducir a la caída del régimen. Esto pondría fin, de una vez por todas, a los crímenes de Putin en Rusia, Ucrania, Siria y otros lugares.

Este es también el caso de Siria, donde, tras la internacionalización del conflicto, lejos de resentir a los pueblos iraní, ruso o libanés, los levantamientos de estos pueblos podrían hacernos creer de nuevo en la posibilidad de que Bashar al-Assad caiga también.

Del mismo modo, queremos ver levantamientos radicales y extensiones radicales de la democracia, la justicia y la igualdad en Estados Unidos, Francia y cualquier otro país que base su poder en la opresión de otros pueblos o de una parte de su propia población.

10. Construir un nuevo internacionalismo desde abajo.

Aunque nos oponemos radicalmente a todos los imperialismos y a todas las formas modernas de fascismo, creemos que no podemos limitarnos únicamente a posturas antiimperialistas o antifascistas.

Aunque sirvan para explicar muchos contextos, también corren el riesgo de limitar la lucha revolucionaria a una visión negativa, reduciéndola a la reactividad, a una resistencia permanente sin camino.

Creemos que sigue siendo esencial hacer una propuesta positiva y constructiva como el internacionalismo. Esto significa vincular los levantamientos y las luchas por la igualdad en todo el mundo.

Además de la OTAN y de Putin, existe una tercera opción: el internacionalismo desde abajo. Hoy, un internacionalismo revolucionario debe llamar a la gente de todo el mundo a defender la resistencia popular en Ucrania, al igual que debe llamar a apoyar a los consejos locales sirios, los comités de resistencia en Sudán, las asambleas territoriales en Chile, las rotondas de los Chalecos Amarillos y la intifada palestina.

Por supuesto, vivimos a la sombra de un internacionalismo obrero -apoyado por los estados, los partidos, los sindicatos y las grandes organizaciones- que fue capaz de tener peso en los conflictos internacionales en España en 1936 y, más tarde, en Vietnam y Palestina en los años 60 y 70.

Hoy, en todo el mundo -de Siria a Francia, de Ucrania a Estados Unidos- carecemos de fuerzas emancipadoras a gran escala dotadas de bases materiales sustanciales. Mientras esperamos el surgimiento, como parece estar ocurriendo en Chile, de nuevas organizaciones revolucionarias basadas en iniciativas locales autoorganizadas, defendemos un internacionalismo que apoye los levantamientos populares y acoja a todos los exiliados. También en este esfuerzo preparamos el terreno para un verdadero retorno al internacionalismo que, esperamos, vuelva a representar un día una vía alternativa distinta de los modelos de las democracias capitalistas occidentales y del autoritarismo capitalista, ya sea ruso o chino.

Tal concepción de lo que estábamos haciendo, en Siria, seguramente habría ayudado a la revolución a mantener un color democrático e igualitario. Quién sabe, incluso podría haber contribuido a que alcanzáramos la victoria. Por lo tanto, somos internacionalistas no sólo por una cuestión de principios éticos, sino también como consecuencia de la estrategia revolucionaria. Por ello, defendemos la necesidad de crear vínculos y alianzas entre las fuerzas autoorganizadas que trabajan por la emancipación de todos sin distinción.

Esto es lo que llamamos internacionalismo desde abajo, el internacionalismo de los pueblos.

Posiciones propuestas sobre la invasión rusa de Ucrania

  • Expresar el pleno apoyo a la resistencia popular ucraniana contra la invasión rusa.
  • Apoyar prioritariamente a los grupos autoorganizados que defienden posiciones emancipadoras en Ucrania mediante donaciones, ayuda humanitaria y difusión de sus reivindicaciones.
  • Apoyar a las fuerzas progresistas contra la guerra y el régimen en Rusia y dar a conocer sus posiciones.
  • Albergar a los exiliados ucranianos y organizar eventos e infraestructuras para que se escuchen sus voces.
  • Combatir todo discurso pro-Putin, especialmente en la izquierda. La guerra en Ucrania ofrece una oportunidad crucial para acabar definitivamente con el campismo y la masculinidad tóxica.
  • Combatir el discurso pro-OTAN por ideología. – Rechazar el apoyo a quienes en Ucrania y en otros lugares defienden políticas ultranacionalistas, xenófobas y racistas.
  • Criticar permanentemente y desconfiar de las acciones de la OTAN en Ucrania y en otros lugares.
  • Mantener la presión sobre los gobiernos a través de manifestaciones, acciones directas, pancartas, foros, peticiones y otros medios para hacer valer las demandas de los actores autoorganizados sobre el terreno.

Desgraciadamente, esto no es mucho, pero es todo lo que podemos ofrecer mientras no haya ninguna fuerza autónoma aquí o en otros lugares que luche por la igualdad y la emancipación y que sea capaz de proporcionar apoyo económico, político o militar.

Esperamos sinceramente que, esta vez, estas posiciones se impongan. Si eso ocurre, nos alegraremos profundamente, pero nunca olvidaremos que eso estuvo lejos de ser el caso de Siria, y que le costó muy caro.

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Apéndice: Sobre la bandera de la revolución siria

Si bien es cierto que la bandera asociada a la Revolución Siria también la llevan las milicias que traicionaron la revolución al aliarse con el gobierno turco durante su ocupación del norte de Siria y otros territorios, para los autores de este texto, este símbolo -visto en las fotografías de Kafranbel- sigue representando el levantamiento de 2011. Era la bandera de Siria cuando declaró su independencia de Francia. En cambio, la actual bandera «oficial» (con dos estrellas) simboliza la dominación del partido Baas y una nueva colonización de Siria por parte de la familia al-Assad.

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Fuentes y lecturas complementarias:

Los siguientes textos han servido de base a este artículo o ofrecen puntos de partida útiles.
Voces de la resistencia en Ucrania y Rusia

Para profundizar en las cuestiones del imperialismo y el internacionalismo

 Perspectivas sirias

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