Los muchos malentendidos sobre el decrecimiento

Una respuesta al artículo de Kelsey Piper “¿Podemos salvar el planeta reduciendo la economía?”

Carlos Tornel1 en Radical Ecological Democracy / Traducción: A Planeta

“Cualquiera que crea que el crecimiento exponencial puede ser eterno en un mundo finito es un loco o un economista”.

Kenneth Boulding

En el libro «The case for degrowth», Giorgios Kallis, Susan Paulson, Giacomo D’Alisa y Federico Demaria sostienen que no hay nada natural en el crecimiento económico perpetuo. Siguiendo el epígrafe anterior, el argumento del decrecimiento es que debemos reducir la velocidad y liberar el tiempo y la energía de las personas para que se relacionen con paciencia, compasión y cuidado. Sobre todo, el decrecimiento pretende cuestionar la idea comúnmente aceptada de crecimiento económico y las ideas asociadas de progreso y desarrollo, reclamando una transformación radical de la forma en que nos relacionamos entre nosotros y con la naturaleza. En su reciente artículo “¿Podemos salvar el planeta reduciendo la economía?“, Kelsey Piper arremete contra la posibilidad de que el decrecimiento se convierta en una alternativa viable para afrontar la actual crisis climática. Piper, paradójicamente, acusa al decrecimiento de ser demasiado radical y de no ser lo suficientemente radical (basándose en sus llamamientos a la desmaterialización radical y en las limitadas propuestas para abordar la crisis climática); de ser una idea romántica que funciona mejor individualmente, y como una narrativa pesimista que pinta un futuro sombrío para la humanidad.
Se están planteando serios interrogantes sobre la afirmación de la élite de que el cambio climático podría abordarse con arreglos tecnológicos y de mercado.
Mi objetivo es argumentar que es exactamente lo contrario: el decrecimiento es radicalmente esperanzador y necesariamente colectivo. El rechazo de Piper al decrecimiento se basa en un problemático doble tratamiento de la crisis climática y de problemas como la pobreza y la desigualdad. Aunque expresa su preocupación por estas cuestiones, no se compromete con el sistema capitalista que las ha puesto de manifiesto. Sostiene que el mundo se ha enriquecido y, por lo tanto, ha mejorado, pero elude la cuestión de cómo se crearon estas riquezas y por qué son inalcanzables para la mayoría de la población mundial, ya que la desigualdad sigue aumentando. Aboga por algunos ajustes en el sistema actual, pero no logra argumentar de manera convincente por qué y cómo esto llevaría a resolver los problemas causados por el mismo. Basándome en ejemplos de la literatura sobre el decrecimiento, sostengo que no necesitamos el crecimiento económico para reducir la pobreza ni necesitamos confiar en los indicadores e instituciones que dependen de él. En última instancia, me parece que hay argumentos mucho más distópicos y pesimistas en propuestas como las defendidas por Piper, que siguen poniendo la esperanza en unas pocas soluciones tecnológicas y de mercado para hacer frente a las múltiples crisis del Antropoceno. En respuesta a una crítica Las principales críticas de Piper al decrecimiento son tres: en primer lugar, argumenta que parece una idea problemática en un mundo en el que miles de millones de personas siguen viviendo en la pobreza; en segundo lugar, descarta el decrecimiento por ser incapaz de articular “programas políticos serios para resolver el cambio climático” porque “no tiene sentido y sería casi imposible de aplicar”. Por último, sostiene que el decrecimiento es una idea romántica, que sólo puede funcionar si se aplica como una búsqueda personal, y significa una comprensión ingenua de la realidad. En primer lugar, el argumento de que el crecimiento económico es necesario para sacar a miles de millones de personas de la pobreza es totalmente erróneo. Como argumentan Giorgos Kallis et al. en su libro, el PIB ha seguido aumentando en lugares como EE.UU., pero este aumento ha sido proporcional a la creciente brecha de riqueza entre ricos y pobres, que ha alcanzado su punto más alto en los últimos 50 años 2De forma similar, Gerber et al. abordan esta cuestión específica en el caso de India. Muestran cómo, por ejemplo, el meteórico aumento del PIB sólo ha beneficiado a un pequeño porcentaje de la población, ya que aproximadamente el 80% de ella sigue viviendo con menos de 0,30 dólares al día. Además, el crecimiento se ha asociado a la productividad de las máquinas, lo que desmiente el mito de que el crecimiento produce mayores niveles de empleo. Además, Gerber et al. revelan cómo la búsqueda incesante del crecimiento ha dado lugar a tácticas que abaratan las vidas y la tierra, lo que a su vez crea nuevas formas de pobreza al exacerbar la desposesión, la contaminación y la mercantilización3. Basta con observar la calidad del aire en los lugares donde el crecimiento ha sido desenfrenado, o donde la lógica del crecimiento persiste implacablemente: Pekín, Nueva Delhi, Ciudad de México, se han convertido en ciudades tóxicas, donde los problemas de salud aumentan y la vida de las personas se ve truncada por la contaminación del aire. Las zonas de sacrificio4 como el “Callejón del Cáncer” en Luisiana, donde una población mayoritariamente negra experimenta tasas de cáncer 50 veces superiores a la media nacional, son cada vez más frecuentes a medida que las economías siguen persiguiendo el crecimiento incluso a costa de la salud de la población. Como demuestra Jason Hickel en su libro «The Divide», los países pobres han sido explotados para mantener a los ricos. Utiliza la noción de intercambios desiguales -cómo se extrae y traslada la mano de obra, la naturaleza, los materiales y la energía de un lugar a otro- para entender nuestra situación actual. Hickel compara el presupuesto global de ayuda al Sur y muestra que el saqueo de la extracción y el impacto histórico de la explotación y la colonización asciende a más de 20 veces su valor5. Esto ha sido convenientemente borrado por el llamado optimismo pragmático de gente como Steven Pinker que, muy al estilo de Piper, argumenta que nunca hemos estado en un lugar mejor históricamente (con menos gente viviendo en la pobreza o muriendo de enfermedades curables, etc.), pero la realidad, como muestra Hickel, es que estas estadísticas suelen estar enturbiadas con líneas de base cambiantes y trucos de contabilidad. Analizar estas cifras detenidamente revelan los verdaderos problemas de estos argumentos: El número de personas que viven en la pobreza real no son los mil millones ficticios que las instituciones mundiales esperan que vivan con 1,25 dólares al día. Aumentar el parámetro a 5 dólares diarios (un umbral que bastaría para reducir drásticamente las tasas de mortalidad infantil) el número total de personas en situación de pobreza en los últimos 40 años ha ido creciendo, no disminuyendo, y representa aproximadamente el 60% de la población mundial6. La cuestión del clima En segundo lugar, los argumentos de Piper contra el decrecimiento se basan en el concepto de desacoplamiento, argumentando que el crecimiento verde puede, y ya está, haciendo frente al cambio climático. Citando a Zeke Hausfather, del Breakthrough Institute -los tecnófilos por excelencia-, utiliza el ejemplo de las transiciones hacia las energías renovables en Europa Occidental como prueba para argumentar no sólo que el desacoplamiento es posible, sino que ya está ocurriendo. Sin embargo, hay que hacer una distinción. Los decrecentistas, que se centran en el aspecto cuantitativo del decrecimiento, demuestran que el desacoplamiento puede ser relativo (es decir, se puede, mediante el aumento de la eficiencia, separar temporalmente el crecimiento del PIB del rendimiento material y de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI)), pero la separación no es absoluta. En su revisión de 2019 sobre el crecimiento verde, Hickel y Kallis7 sostienen que la desvinculación puede producirse, pero sólo temporalmente para algunas naciones ricas y, lo que es más importante, no parece ser una solución factible a escala mundial, ya que sería imposible mantenerla a largo plazo.
Cada vez está más claro que el crecimiento económico no puede continuar sin que se produzcan consecuencias medioambientales.
  En términos de producción de materiales, el desacoplamiento se suele utilizar junto con el argumento de una economía circular, pero como economistas ecológicos como Joan Martínez-Alier (JMA) han documentado a fondo durante décadas, la economía global es cada vez menos circular y más entrópica: aproximadamente el 6% de los materiales que entran en la economía global se reciclan, y el resto se pierde por entropía (es decir, la quema de combustibles fósiles) o se añade al entorno construido (es decir, el vertido de hormigón)8. De igual modo, según los cálculos de Hickel, las reducciones necesarias para cumplir el objetivo del Acuerdo de París de limitar el calentamiento por debajo de los 2° a finales de siglo, las emisiones tendrían que disminuir un 4% anual en la década actual. Pero, con un crecimiento económico sostenido del 3% anual, como se promete en el ODS 8 (Objetivo de Desarrollo Sostenible de la ONU), las reducciones de las emisiones tendrían que aumentar hasta la friolera de un 7,5% anual (por supuesto, esto supondría un porcentaje mayor para un escenario de 1,5°C, seis veces más rápido que las tasas históricas de desacoplamiento de las emisiones9. Los optimistas tecnológicos suelen resolver este enigma con la eficiencia energética (producir más con menos) y la geoingeniería, es decir, con un conjunto de soluciones tecnológicas y “naturales” que reducirían las emisiones mediante el secuestro de las emisiones de carbono que somos “incapaces” de mitigar. Esta tendencia puede verse claramente en los dos últimos informes del IPCC, en los que se sigue presentando el crecimiento del PIB como algo “necesario”, incluso cuando ha superado su correlación con el bienestar en la mayoría de los países sobredesarrollados10. El principal problema de este argumento es que añade una falsa capa de responsabilidad para que los gobiernos mantengan la postura de Business as Usual (BAU) a la que se han acostumbrado; por ejemplo, el reciente uso del término Net-Zero implica el despliegue masivo de propuestas de geoingeniería como BECCS (Bioenergía con Captura y Almacenamiento de Carbono) y SAI (Inyección de Aerosol Estratosférico) que permitirían a los estados y empresas seguir quemando combustibles fósiles hasta bien entrado el siglo XXI11. Estas propuestas descartan de plano otros estudios que demuestran que es posible alcanzar los objetivos de temperatura (2 y 1,5°C) con un acceso equitativo a los servicios energéticos renovables con aproximadamente un 65% menos de energía que las estimaciones realizadas por el IPCC y la Agencia Internacional de la Energía12. Así que, en pocas palabras, en una economía que sería 11 veces más grande que la actual a finales de siglo, cualquier aumento de la eficiencia se verá empequeñecido por la escala de la economía industrial, que es lineal por naturaleza, y que necesariamente aumentará la demanda y distribución desigual de minerales, tierra, energía y espacio. Esto significa que, aunque hay pruebas de una desvinculación relativa en los países ricos, como sostiene Piper, estas tendencias son imposibles de mantener a nivel mundial a largo plazo. Sin embargo, Piper insiste en que el decrecimiento no está preparado para reducir las emisiones de carbono, porque los principales aumentos se producirán en los “países de renta media”, donde el decrecimiento sigue pareciendo una exageración. ¿Es el decrecimiento el enfoque adecuado? En la Conferencia de Decrecimiento de la Ciudad de México en 2018, nos preguntamos si el decrecimiento era una opción razonable para los países “no sobredesarrollados”. Tomemos el caso de México, un país muy desigual, no solo en términos de riqueza, sino también en el caso de las emisiones. El país tiene una baja tasa de motorización (278 vehículos por cada 1.000 habitantes) y, sin embargo, la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero proceden de la automoción (23%); asimismo, más de la mitad de la electricidad se destina al sector industrial, mientras que aproximadamente el 36% de los hogares siguen sufriendo pobreza energética13. Aquí, algunas de las políticas de decrecimiento que Piper califica de “risibles”, parecerían bastante apropiadas. Podríamos reducir drásticamente el uso del coche individual, invertir en una infraestructura ciclista y crear un sistema masivo de transporte eléctrico. Simultáneamente, podríamos disminuir el uso de la energía en el sector industrial para abordar la pobreza energética en los hogares que necesitan más electricidad. Esto podría hacerse a nivel local, mediante la generación de energía renovable de propiedad comunitaria y distribuida, al tiempo que se aumenta la soberanía alimentaria, se reduce nuestra dependencia de la agricultura basada en los combustibles fósiles y se localiza la producción14 Esto, por supuesto, no significa que todas las propuestas defendidas por algunos defensores del decrecimiento (es decir, la renta básica y máxima universal, el trabajo compartido, la reducción de la jornada laboral, etc.) deban aplicarse de forma universal e indiscriminada.
El decrecimiento estimula el liderazgo comunitario en actividades como la producción de alimentos y energía.
  Para Piper, la solución es entonces abandonar la “idea romántica” del decrecimiento y actuar con las cartas que nos han tocado. O, en otras palabras, argumenta que hay muy poco tiempo para considerar propuestas tan radicales, abogando en cambio por un rápido despliegue de tecnologías de energía renovable a escala masiva para abordar el desafío climático rápidamente, y si hay tiempo, podemos preocuparnos por los aspectos de justicia social de nuestras acciones, más tarde. Este argumento, que parece haber arraigado incluso en algunas de las alas más radicales del movimiento ecologista15, reproduce una peligrosa propuesta de cuál debe ser el papel de la política en la crisis climática. Como ha argumentado de forma convincente el geógrafo Eric Swyngedouw, el debate global sobre la política climática ha caído en el ámbito de lo postpolítico, donde el debate parece fomentarse pero reducirse a un conjunto predeterminado de opciones tecnocráticas y de gestión, y donde las decisiones reales sobre lo que se debe hacer se alienan y se transforman en un discurso populista sobre un enemigo común: la erradicación del CO2. Este discurso mantiene la idea de que, eliminando el CO2, la sociedad tal y como la conocemos (es decir, las sociedades globalizadas, industrializadas y capitalistas) puede continuar sin que nada tenga que cambiar realmente. Debemos desconfiar de este intento poco sincero de resolver una emergencia global con un despliegue masivo de tecnología y dinero. Un mayor poder en manos de una élite tecnocrática y empresarial global simplemente encerraría el futuro del planeta en un despliegue incesante y acelerado de tecnología con un espacio de maniobra muy limitado16. Una comprensión limitada del decrecimiento En tercer lugar, si miramos más allá de la lógica económica del decrecimiento, podemos visualizar los aspectos más positivos para la vida. Me refiero a lo que Vincent Liegey y Anitra Nelson (2020)17 han descrito como el aspecto cualitativo del decrecimiento. Se trata de conceptos como “abundancia frugal” y “convivencialidad” que desafían el predominio del crecimiento en nuestra imaginación colectiva e individual. En el contexto contemporáneo, en el que los monólogos del desarrollo y el progreso dejan poco espacio a formas alternativas de ser, hacer e imaginar el futuro, el decrecimiento es mucho más que una propuesta económica, supone un proyecto de sociedad que busca escapar del discurso imperialista de la economía del crecimiento, y revitalizar una pluralidad de alternativas18. El decrecimiento es un rechazo radical al dogma del crecimiento económico, el extractivismo y el industrialismo, pero también engloba un conjunto de corrientes y posiciones muy diversas y a veces contradictorias. Como muestran Burkhart, Schmelzer y Treu (2020) en su libro19, «Degrowth in Movment(s)»(«Decrecimiento en movimiento(s)») , el decrecimiento no pretende imponer una comprensión universal de los problemas o de las soluciones a las que nos enfrentamos, sino que busca construir alianzas con otros discursos de transición en diferentes lugares como el Buen Vivir, Swaraj, Ubuntu, Comunalidad, y la lucha por reclamar los bienes comunes, por nombrar algunos. Estos movimientos, aunque increíblemente diversos, comparten algunos puntos en común con el decrecimiento, ya que sitúan las raíces del problema en una concepción lineal, unidireccional, material y financiera del desarrollo, un sistema impulsado por la mercantilización y los mercados capitalistas, gestionado por expertos en busca de un crecimiento sin fin, que necesariamente excluye cualquier visión alternativa del futuro20. Estos movimientos buscan (re)politizar la posibilidad de múltiples caminos hacia adelante (bellamente capturados en el lema zapatista: un mundo donde quepan muchos mundos) resistiendo a los encierros de los bienes comunes, el extractivismo, el discurso de la economía verde, y argumentando en cambio por futuros radicalmente pluralistas, democráticos y múltiples.
Acompañado de una visión radical de la política, el decrecimiento está induciendo una nueva reflexión sobre las relaciones socioeconómicas en la sociedad.
  El decrecimiento nos permite separarnos del ciclo viscoso y de la profecía autocumplida de la economía neoclásica (es decir, del Homo Economicus): la idea de que los seres humanos son naturalmente egoístas y codiciosos, donde la competencia y el individualismo mandan, y todo tiene un precio, pero nada tiene valor. Esta concepción de la economía se ha incrustado en nuestros pensamientos, imaginarios, relaciones, instituciones, políticas e incluso en la idea de quiénes somos. Utilizando conceptos como el de escasez, que se han convertido en “sentido común”, los economistas tienden a asumir que los deseos humanos son grandes, por no decir infinitos, mientras que los medios son limitados. Debido a su naturaleza local, igualitaria y democrática, una sociedad de decrecimiento prosperaría compartiendo y centrándose en los valores de uso en lugar de los de intercambio. Estaría mejor equipada para hacer frente a la pobreza, la desigualdad y las crisis climáticas (lo que tanto preocupa a Piper), al tiempo que desestabilizaría la lógica de la individualidad y el consumismo globalizados a través de la economía neoliberal, y la sustituiría por una forma más eficaz de definir los límites sociales, y de redistribuir y compartir los bienes comunes. Estos impactos no sólo se experimentan a través del calentamiento global y la contaminación local, sino cada vez más en lo que la revista Lancet ha llamado una sindemia global: el resultado de una constelación de enfermedades concurrentes y condiciones crónicas generalizadas, que surgen de la desigualdad sanitaria causada por la pobreza, el estrés y la violencia estructural. Los gritos contra la alienación se transforman en frenesíes de consumo, alimentando la insatisfacción, la ansiedad y el descontento, erosionando aún más los medios para la convivencia y la solidaridad y promoviendo en su lugar sistemas de mérito, individualización radical y competencia despiadada, que a su vez conducen a un creciente sentimiento de soledad, alienación y agotamiento21. [Estas condiciones a menudo se minimizan o se disocian del crecimiento económico y del capitalismo, e incluso cuando se reconocen se convierten en meros efectos secundarios en comparación con la increíble riqueza material producida por una economía en crecimiento. El decrecimiento desafía la noción de que somos individuos aislados y que nuestro sufrimiento es consecuencia de nuestra “naturaleza humana”, mostrando que estas formas de comportamiento son reproducidas precisamente por los sistemas económicos que buscan perpetuar un crecimiento económico sin fin. Entender el decrecimiento como un proyecto de sociedad contrarresta la afirmación de Piper de que el decrecimiento es pesimista y se asocia a otras palabras con el prefijo “de”, como, declive, disminución y decrecer, que suele equiparar el decrecimiento con una propuesta que se basa en la pobreza o la disminución de absolutamente todo, en todas partes. Como han afirmado varios autores y activistas “el decrecimiento nunca ha sido la imposición de la austeridad en todas partes y la reducción de ‘todo’ indiscriminadamente”22 Cuando los decrecentistas hablan de una sociedad postcrecimiento, no sólo hablamos de reducir el PIB, sino que nos referimos a una sociedad que se ha liberado de la idea hegemónica del crecimiento económico sin fin como único motivador y motor. Contra la desesperación y por la esperanza radical El propósito de este artículo no es excluir cualquier crítica a la literatura del decrecimiento. Al contrario, el decrecimiento es radicalmente democrático, lo que significa que debe fomentar la disidencia y celebrar las diferencias. Sin embargo, descartar simplemente el decrecimiento como romántico, individualista, políticamente inviable y/o demasiado radical significa socavar la necesidad de transformar el sistema existente, centrándose en cambio en una alternativa que convenientemente nos pide que hagamos muy poco -como reciclar, consumir “productos verdes y sostenibles”, y dejar las decisiones a los expertos- para que nuestras vidas puedan seguir relativamente sin cambios.
El decrecimiento es el reflejo moderno de una visión probada de un mundo en armonía con la naturaleza, adoptada y preservada por las comunidades indígenas de todo el mundo.
Además, el tono despectivo con el que el artículo de Piper aborda el decrecimiento se hace eco de un patrón más amplio con el que muchos medios de comunicación “de izquierdas”, liberales o progresistas han abordado previamente la idea. Al reproducir la lógica hastiada de la economía neoliberal y utilizar los mitos y dogmas espurios del crecimiento económico y la tecnología, no se comprometen con el crecimiento como parte de un sistema de explotación y trabajo no remunerado (para las mujeres, la naturaleza y los sujetos racializados) que sostiene los motores de producción/acumulación del capitalismo. En otras palabras, “los costes sociales y ecológicos del crecimiento son sistémicos, no incidentales”23 El simple hecho de ignorar esto, como siguen haciendo los principales medios de comunicación, reduce convenientemente problemas como el calentamiento global a simples soluciones tecnológicas. El Green New Deal, por ejemplo, celebrado como una política progresista, simplemente pretende desplegar energías renovables e infraestructuras para reducir las emisiones. Sin embargo, implementar un programa de esta escala masiva sin abordar los intercambios desiguales (de energía y materiales) que serían necesarios para mantener dicha política a flote, sólo transferiría gran parte de los costes de descarbonización del Norte al Sur24 Esta cuestión es completamente ignorada por los medios de comunicación porque es una verdad incómoda. La pandemia de COVID-19 demostró lo que ocurre cuando el crecimiento económico disminuye debido a una crisis del capitalismo25. Esto no es un argumento contra el decrecimiento, precisamente porque el problema no es disminuir todo indiscriminadamente. El decrecimiento pide que se recupere el bienestar humano y no humano, nos anima a no borrar el pasado para argumentar simplemente un futuro mejor a través de la tecnología o el mercado. En cambio, nos pide que consideremos cómo hemos llegado hasta aquí y cuáles son los pasos radicales que debemos dar hacia un futuro más igualitario, convivencial y solidario. Si esto suena demasiado radical, entonces es radicalmente esperanzador. No puede haber nada más distópico que argumentar que todo lo que podemos y debemos hacer es retocar el sistema existente que nos trajo aquí en primer lugar. Esa opción parece verdaderamente pesimista. ———————- Carlos Tornel es actualmente candidato a doctor en Geografía Humana en la Universidad de Durham. Su investigación se centra en los procesos de transición energética en México analizando las implicaciones de la justicia energética desde enfoques decoloniales, de economía política crítica y de ecología política. Desde 2012 ha colaborado con diversas organizaciones y redes de la sociedad civil en México en temas relacionados con la justicia climática, las transformaciones energéticas y los movimientos en defensa del territorio.” Contacto: carlos.a.tornel@durham.ac.uk —————————– Referencias:

1carlos.a.tornel@durham.ac.uk. Mi agradecimiento a Pallav Das, por sus sugerencias y comentarios a varios borradores de este artículo [y a Martin Mantxo por su excelente traducción].

2Kallis, G., Paulson, S., D’Alisa, G., Demaria, F. (2020) The Case for Degrowth. Cambridge: Polity. (P:4)

3Gerber, J.F.; Aknulut, B.; Demaria, F.; Martínez-Alier, J. (2021) Decrecimiento y justicia ambiental. Una alianza entre dos movimientos. En Coolsaet, B. (Ed.) Environmental Justice. Key Concepts. Nueva York y Londres: Routledge. (PP:101-2)

4Zografos, C., Robins, P. (2020) Green Sacrifice Zones, or Why a Green New Deal Cannot Ignore the Cost Shifts of Just Transitions. One Earth 3: 543-546.

5Hickel, J. (2017) The Divide. Una breve guía sobre la desigualdad mundial. Windmill books: Londres (P:30).

6Ibid: pp: 51-55.

7Hickel, J. L., y Kallis, G. (2019). ¿Es posible el crecimiento verde? New Political Economy. https://doi.org/10.1080/13563467.2019.1598964.

8Martínez-Alier, J. (2021) Mapping ecological distribution conflicts: El EJAtlas. Industrias extractivas y sociedad. Artículo en prensa: https://doi.org/10.1016/j.exis.2021.02.003.

9Hickel, J (2019) La contradicción de los objetivos de desarrollo sostenible: Crecimiento versus ecología en un planeta finito. Desarrollo sostenible. PP: 1-12.

10Necesidad urgente de escenarios de mitigación climática posteriores al crecimiento. Nature Energy: Comentario. (pp:1-3).

11Véase Surprise, K (2021) Gramsci in the Stratosphere. Solar Geoengineering and Capitalist Hegemony. En Sapinki, J.P.; Jean Buck, H.; Malm, A. (Eds.) ¿Hemos llegado a esto? The Promises and Perils of Geoengineering: 189-206. Nueva Jersey: Rutgers University Press. Véase también: https://www.climatechangenews.com/2021/05/11/carbon-removal-experts-support-splitting-net-zero-twin-targets/

12Millward-Hopkins, J., Steinberger, J. K., Rao, N. D. & Oswald, Y. (2020) Providing decent living with minimum energy: Un escenario global. Global Environmental Change 65: 102168.

14Macera, O; Ferrari, L (2020) ¿Qué implica una transición energética sustentable? Diálogos Ambientales. México: Secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales.

15Dembicki, G. (2020) A Debate Over Racism Has Split One of the World’s Most Famous Climate Groups. Vice World News. Available at:

https://www.vice.com/en/article/jgey8k/a-debate-over-racism-has-split-one-of-the-worlds-most-famous-climate-groups. Accessed 05/09/21.

16Swyngedouw, E. (2019) The Perverse Lure of Autocratic Postdemocracy. The South Atlantic Quarterly 118:2, pp: 267- 286.

17Liegey, V., Nelson, A. (2020) Exploring degrowth. A critical Guide. London: Pluto Press. See in particular chapter 2.

18Demaria, F.; Latouche, S. (2019) Degrowth. In Kothari, A., Salleh, A., Escobar, A., Demaria, F., Acosta, A. (Eds.) Pluriverse: A Post-development dictionary. New Delhi: Tulika Books (pp: 148-50).

19Burkhart, C., Schmelzer, M., Treu, N. (2020) Degrowth in Movement(s). Exploring pathways for transformation. Zero Books: Winchester and Washington.

20Kothari, A., Salleh, A., Escobar, A., Demaria, F., Acosta, A. (Eds.) Pluriverse: A Post-development dictionary. New Delhi: Tulika Books.

21Para un buen análisis sobre estos temas ver: Chul Han, B. (2015) The burnout society. Stanford CA: Stanford University Press; y Monbiot, G. (2018) Out of the Wreckage. Una nueva política para una era de crisis. Londres y Nueva York: Verso.

22Op. Cit. Gerber, et al. 2021.

23Op. cit. Kallis et al. 2020: 36. Para algunos excelentes debates sobre estos temas, véase: Moore, JW (2015) Capitalism in the Web of Life. Ecología y acumulación de capital. Londres y Nueva York: Verso Books; Barca, S. (2020) Forces of Reproduction, Notes for a counter-hegemonic Anthropocene. Cambridge Elements Environment and Humanities series. Cambridge: Cambridge University Press.

24Zografos, C., Robins, P. (2020) Green Sacrifice Zones, or Why a Green New Deal Cannot Ignore the Cost Shifts of Just Transitions. One Earth 3: 543-546. Véase también: https://www.jamhoor.org/read/2020/5/20/no-harm-here-is-still-harm-there-looking-at-the-green-new-deal-from-the-global-south

25La crisis del capitalismo puede manifestarse, como pensaba Marx, a través de una crisis de sobreproducción o, como argumenta James O’Connor -y más recientemente Andreas Malm-, por una segunda contradicción en la que la degradación medioambiental creada por el capitalismo puede engendrar una crisis sistémica. Véase: https://canadiandimension.com/articles/view/andreas-malms-new-pamphlet-climate-corona-communism-fails-to-ignite

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