El turismo como responsable de la emergencia climática

por A Planeta

El otro día se emitió en EiTB “El futuro del mar”, uno de los capítulos sobre el efecto de la emergencia climática en nustra tierra, en Euskal Herria. O mejor dicho, sobre todo en sus costas. A las reflexiones sobre la subida del nivel de mar y otros tópicos, sólo se añadió una crítica al sistema que ocasiona la emergencia de dos de las participantes y otra muy certera sobre el efecto de los grandes transantláticos. Pero por lo demás, analizó más como iba a afectar la emergencia climática al turismo más que ahondar en la responsabilidad de dicho turismo en la emergencia.

Nuevamente, qué soluciones se podían tomar para preservar costas y playas pero desde el punto técnico, no yendo a las raíz de la cuestión y cómo solucinar las causas a la vez que las consecuencias. “¿El cambio climático traerá consigo un cambio en el modelo turístico de Euskadi?”, exacto, dando por hecho que este modelo turístico (y por ende económico y político, capitalismo) debe continuar inalterable.

En los últimos años venimos experienciando localmente los efectos indeseables de dicho modelo turístico, a los que por varias razones habíamos estado alejados. Más construcción, carestía, falta de vivienda, ocupación de espacio, transferencia de recursos, servicios y equipamiento, efectos laborales, etc, etc, y en nuestro caso también, graves efectos en nuestra cultura delicada, en nuestra lengua, y efectos también de índole social como mayor control social y reperesión. Por si fuera poco, añadir también el efecto en la emergencia climática, que aquí también nos afecta, claro. Todo ello a hecho surgir una resistencia a este modelo con plataformas como Bizi LagunEkin o iniciativas como ‘Visit zure auzoa‘ y Turismorik gabeko eguna (días sin turismo).

«¿Si vienen los turistas las vecinas no vamos?» – campaña en Donostia.

En el programa aludían a la imposibilidad de una mediterraneización, concepto utilizado para referirse a un desarrollo desmesurado del turismo y sus equipamientos, sobre todo inmobiliarios: hoteles, apartamentos, grandes bloques y torres, y zonas de esparcimiento. Pero sin llegar a ese nivel, ese modelo ya tiene un efecto y en la emergencia climática también.

Esto también nos debe ayudar a entender más el sistema y cuán inculcado tenemos la necesidad de “vacaciones”, de desplazarnos, de viajar para satisfacer una necesidad que no es tan innata y sí muy cultural, adquirida, urbana y sobre todo capitalista. De un capitalismo que nos hace creer felices con un tipo de vida pero para la que necesitamos una vez al año y ahora más (hasta 3, 5…) salir, estar en otro sitio, pese a todo el trajín (por no decir impactos amientales) que eso significa. Qué nos inculca una felicidad basada en el consumismo, porque el turismo es sobre todo eso: consumismo. Así no nos damos cuenta de las terribles consecuencias de ese modelo. Al que le añadiremos también, cuando se trata de turismo internacional, un carácter colonialista y eurocéntrico.

Lo cierto es que en muchos lugares esos efectos son históricos y agravados con el tiempo. E igualmenete, en muchos de esos sitios se añaden también los efectos climáticos, en muchos casos de gran impacto. Uno de ellos es Venecia, amenazada por la subida del nivel freático provocado por el cambio climático. Pero también por la afluencia masiva, a veces de forma tan invasiva y destructiva como los grandes transatlánticos. El pasado junio, el gobierno italiano prohibió que grandes cruceros pasen por el centro de de la ciudad. “¡Lógico!”, nos puede parecer a cualquiera, pues los impactos son imaginables al provocar la drástica elevación del nivel del agua. Pero la lógica del capital (y los transatlánticos son el gran capital!) es otra.

El turismo va unido por tanto a transporte que va unido a combustibles, infraetructuras y producción de vehículos, que conllevan a su vez ocupación y despojo territorial, extractivismo, destrucción, contaminación y emisiones de efecto invernadero. Va unido a construcción, que signicica ocupación de superficie, destrucción de ecosistemas, cemento, hierro, energía… Eso a nivel ambiental, pero también con otros efectos a nivel laboral y otros. Pero además el turismo conlleva satisfacer muchas otras necesidades que suponen hipermercados, plantas de tratamiento de agua, de distribución eléctrica, gasolineras, etc todas ellas con un gran impacto en superficie y ambiental. También otras infraestructuras unidas a actividades recreativas que requieren mucho espacio y recursos: pistas de esquí, aquaparks y piscinas, puertos deportivos, campos de golf, parques de atracciones y otros. O como el parque de surf que ahora proyectan construir en Donostia, en Antondegi.

En los primeros días de pandemia, parecía que la gente (creo que no eran sólo mis cercanas) aceptaba que el ritmo hasta entonces había sido frenético, que no hacía falta tanto, y sobre todo no vivir tan deprisa y que, en cierta forma, el recluirse, confinarse, estaba bien para encontrarse con el espacio propio, con nuestra yo, disfrutar de la familia (o personas allegadas); y antes de que se permitiera el salir del núcleo urbano y de la provincia, de quedarse más cerca, y disfrutar y conocer lo cercano. Sin embargo, con el tiempo, en la actualidad, parece como que esas restricciones hubieran acumulado esas ansias de salir y alejarnos, hasta que no se pudieron contener provocando aún mayor fervor. Y ahora, nuevamente, parece que todo aquello ya quedó atrás, que olvidamos aquellas reflexiones y decisiones, y volvemos a aquella “normalidad” a la que muchas nos resistimos a volver. O incluso con más ansias y menos reflexión.

Como analizamos aquí, el turismo está en las causas del declive de espacios y ecosistemas vulnerables como lagos, como el Mar Menor en Murcia o el Titikaka (Bolivia y Perú) .

Según algunos estimados las emisiones relacionadas con el turismo contabilizan por 8% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Como explicamos, como cualquier otra actividad humana contiene distintos aspectos a tener en cuenta, y en el caso del turismo son muchos. Un estudio de la Universidad de Sidney de 2019 concluía que el impacto climático del turismo era mucho mayor de lo que se creía hasta entonces. Según su cálculo la huella de carbono global del turismo aumentó de 3,9 Gt de CO2 a 4,5 (entre 2009 y 2013) y proyectaron un aumento de hasta unas 6,5 Gt en 2025.

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