Imagen principal: composición a partir de foto de Felix Arnaudin
Este julio se ha sufrido uno de los peores incendios de Las Landes, en la zona de Biscarrosse , próxima a Burdeos, con 3.600 hectáreas de bosque quemadas y 198 edificios destruidos en una semana. Unas 200.000 personas fueron evacuadas.
Las Landes son conocidas como una gran zona de pinos. Pero debemos saber que esto no fue siempre así. Ahora, por la característica de ese árbol, y la forma en la que se plantaron, unido a las condiciones de extrema sequedad de la última ola de calor provocada por la crisis climática, las posibilidades de incendio y de propagación aumentan. Pero como decimos, el cambio climático tiene orígenes humanos y estos pinares también (ver la analogía con «Megapinería en la Patagonia Argentina: Invasión territorial, incendios y falta de agua»).

En el libro «Felix Arnaudin – Imagier de la Grande Lande»1, se recopilan no sólo imágenes del pasado, sino también las ideas y las críticas de este fotógrafo y escritor hacia el proyecto de reforestar con pinos las Landes. Felix Arnaudin (1844-1921) en su crítica ya denominó entonces a la repoblación pinar de Las Landas como «plantación industrial». Las Landes es considerado el mayor bosque artificial de Europa Occidental con una superficie estimada de 10.000 kilómetros.
El libro lo escribieron Jacques Sargos y lo publicó el Centro Regional des Lletres d’Aquitaine, quienes comparten ese punto de vista con Arnaudin: «Esta enorme plantación de pinos se inició en el siglo XVIII en la zona de Pays de Buch, en la Gironda, para detener la erosión y sanear el suelo. La mayor parte de la región que hoy ocupa el bosque de las Landas era un terreno pantanoso escasamente habitado hasta el siglo XIX, cuando la ley del 19 de junio de 1857 puso fin al pastoreo tradicional e impulsó la reforestación a gran escala para rehabilitar el paisaje y fomentar el desarrollo económico regional»
Según Arnaudin y Sargos la mega-plantación obedece a otro motivo, que es buscar una actividad económica a gran escala que satisfaga los objetivos de capitalistas, pero también el colonizar una zona que los capitalistas consideraban aislada de la civilización. Las Landes se consideraba como un desierto, y sus habitantes como salvajes.
El pino elegido para este menester fue el Pinus pinaster (maritime pine) que al parecer es original, del sur de Europa, mediterráneo, aunque Las LAndes se sitúan en el Atlántico, con codiciones muy distintas.

Landa en euskara es terreno, aunque su procedencia sea preindoeuropea (de ahí también el vocablo germánico/inglés «land», como Disneyland… traducido al castellano como «landia»… PINOLANDIA!) y al parecer existe en galo también para designar… «zona deshabitada/sin cultivar»!! no es nuestro significado, y según la misma entrada de Wikipedia en gascón significa «páramos» o «brezales». En el dialecto occitano de Gascuña, al pinar se le denomina pinhadar. E igualmente tenemos en euskara (vasco) «landare» (Planta) y «landatu» (plantar).
En las fotos de Arnaudin pueden observar varias particularidades:
La más interesante es que los pastores landeses (esos salvajes) se valían de zancos. Su razón es porque así podían transitar por la zona arenosa y humedales, pero sobre todo porque les permitía otear grandes extensiones de esa llanura (esa es otra particularidad muy importante del paisaje/geología, sobre todo en comparación con Euskal Herria (País Vasco) que es muy montañosa). Pero una vez que se impusieron los pinares, además de que los pinos sustituyeron a los pastos. los zancos fueron inútiles.
Así tenemos que los pinares en las landes fueron una colonización ambiental, una colonización del paisaje, del territorio, pero también de su gente y su cultura.
Otra particularidad es que también se observan pinos, pero como una especie más de las muchas existentes. Este pino, por consiguiente, no es tanto una especie exótica, sino que también convivía con otras especies robles, alisos, abedules, sauces, alcornoques y acebos, aunque obviamente, no en la escala y proporción actual. Actualmente también existen corros de bosque nativo (diverso) entre el monocultivo de pino.

NOTAS
1Sargos, Jacques, Manciet, Bernard, Bardou, Pierre, Latry, Guy. Felix Arnaudin – Imagier de la Grande Lande. Centre Regional des Lettres d’Aquitaine. 1993
Texto de Jacques Sargos sobre Felix Arnaudin y la plantación de pinos industrial
» Algunos utópicos creyeron ingenuamente que se podía sembrar trigo en las arenas de las Landas, y fracasaron. Pero entonces llegó Napoleón III, el mejor del clan Bonaparte, pues era al menos un buen agrónomo y un buen constructor, Napoleón III decidió varias medidas imparables. La construcción del ferrocarril Burdeos-Bayona a través de la Gran Landa. La aprobación de una ley excepcional —la ley del 19 de junio de 1857— que, bajo el pretexto de la salud pública, obligó a los municipios a drenar sus brezales y sembrarlos de pinos. También se creó una red de caminos agrícolas y acequias. Finalmente, cerca de las marismas de Sabrine, se estableció una vasta finca imperial, concebida como laboratorio y escaparate para la regeneración del país. La finca Solférino y la gestión de las obras en el departamento de Landes se confiaron a Henri Crouzet, ingeniero jefe del departamento de Puentes y Caminos. Desafortunadamente, durante la aplicación de la ley de 1857, no pudo evitar el desenlace de una especulación desenfrenada que, en pocos años, destruyó los elementos esenciales del sistema pastoril. Un monocultivo forestal sustituyó así el equilibrio tradicional entre pinos, campos y ganado.

» Y así desapareció el mayor páramo de la vieja Francia. Y así, parecía, incluso su memoria se perdería. El progreso no se caracteriza por sus modestos triunfos. No bastaba con haber plantado un bosque hermoso y extenso: también era necesario haber puesto fin a una especie de pesadilla. La propaganda republicana, siguiendo los pasos de la propaganda imperial, no dudó, para magnificar la victoria, en denigrar el páramo vencido. Antiguamente, no había sido más que un pantano pestilente donde languidecían unos pocos salvajes hambrientos. En lugar de esa nada, el Estado había creado una provincia próspera donde el oro brotaba de los árboles en forma de resina y donde uno se embriagaba con aromas balsámicos. Gradualmente, el recuerdo de la Gran Landa se desvaneció, sepultado bajo una vanidosa mitología.
» En 1912, la publicación de Chants populaires de la Grande Lande —uno de los grandes libros de etnografía regional— permitió a Félix Arnaudin hacer sonar una nota discordante en el coro de autocomplacencia surgido de la creación del bosque de las Landas:
» «¡Cuántas cosas amadas, de las cuales un fragmento se pierde cada día, o que ya han desaparecido y ahora no son más que un recuerdo! Las Landas mismas, sobre todo, donde, distante, medio extinta, tanto más magnífica en su silencio, flotaba el lento lamento del pastor o del mozo de cuadra perdido en la inmensidad del espacio. El lento lamento del pastor o del mozo de cuadra perdido en la inmensidad del espacio, y también, tan dulce de oír cerca de los silenciosos parques, el fresco canto de los cortadores de brezo, vibrando en el letargo de sus pálidas tardes de finales de temporada; el páramo infinito abandonado por completo a la vida pastoril, y dormido, al parecer, pero nuevos tiempos han llegado para romper brutalmente el hechizo, en su antiguo sueño, para siempre, de inmensidad y soledad… Ahora, el páramo ya no existe. Al magnífico desierto, encantamiento de nuestros ancestros, desplegando bajo el desierto del cielo su desnudez de las edades más remotas, a la extensión plana e ilimitada, donde el ojo era perpetuamente deslumbrado por el vacío, donde el alma, expandida, embriagada, a veces rebosante de nuevas y juveniles alegrías, a veces sumergida en inefables y tan queridas penas, ha sucedido el bosque, ¡el bosque industrial! con toda su fealdad (agricultura intensiva, «para obtener el máximo beneficio», siembra en hileras rectas, nauseabundamente banal, irracional para colmo, un violento acelerador del fuego y el viento destructivos), cuya sofocante cortina, extendida por doquier donde antaño reinaba un orden tan sereno y radiante, limita implacablemente la vista, embrutece la mente y aniquila todo su crecimiento.»

» ¡Sorpresa! Bajo la pluma de uno de sus conocidos, el antiguo páramo ya no era «esa tierra de barro y melancolía, esa estepa siniestra cuya fealdad parecía indudable. Además, el bosque de pinos – cuyos encantos fueron elogiados desmesuradamente por los animados versos de algunos bardos regionalistas, también barbudos, como los señores Jean Rameau o Maurice Martin, ahora se acusaba a este bosque de haber cubierto un paisaje magnífico con su banalidad.
» ¿Acaso la opinión de Arnaudin sufre de excesiva amargura o parcialidad?
(Nótese, sin embargo, que el escritor denuncia las lúgubres plantaciones del bosque industrial, no los viejos bosques donde se mezclaban pinos y robles). En 1852, el presidente de la Sociedad Agrícola de las Landas, Édouard Perris, ya juzgaba el pinar triste y monótono, y se queja del «calor sofocante e insoportable provocado por el aire en calma, que se calienta aún más al volverse más denso por los vapores resinosos». Entre los pinos, continúa Édouard Perris: «Se me encoge el corazón, mis ojos buscan límites y claros, y añoro el páramo como quien suspira por el día después de una mala noche.»
» ¿Deberíamos, pues, reprimir nuestra propia felicidad al encontrarnos entre los pinos? ¿Y deberíamos quemar estas páginas inspiradas donde François Mauriac habla de los árboles de las Landas como seres vivos, mártires sobre los que se inclinan los cielos, dejando estrellas aferradas a sus ramas? Ciertamente no. Depende de cada individuo amar o huir del bosque, juzgar. Su monotonía, ya sea dolorosa o fascinante. De los comentarios de Félix Arnaudin, recordemos que el progreso nunca puede ser total: el brezal, incluso improductivo y condenado por la modernidad, podía ser bello a los ojos de sus habitantes. En cuanto a los pinos, no fue en absoluto un hecho histórico que una superioridad estética coronara sus virtudes económicas.
(…)

» Frente al materialismo de la burguesía y sus limitados placeres de la pequeña ganancia, el escritor se encuentra en el desierto, símbolo de esplendor primigenio, elevación espiritual e inutilidad social. Félix Arnaudin no fue un precursor en la expresión de estos temas. Pero en Aquitania, encarnó el máximo florecimiento de la inconformidad romántica. ¿Pueden aplicarse las mismas consideraciones a los juicios morales que a los paisajes? ¿Acaso el hecho de que el bosque hubiera enriquecido a los habitantes de la región de las Landas los había hecho mejores, o al menos más felices? Aquí, nuevamente, Arnaudin rechaza la imagen de seres bestiales y miserables sucedidos por campesinos gráciles. La presentación de sus canciones populares le permite evocar a un pueblo de inesperada alegría y gentileza: «Porque en el páramo, en el buen y feliz páramo de antaño, se cantaba mucho. Digo feliz, y conozco todas las objeciones que se suscitarán; pero lo mantengo: entonces se cantaba, y uno no canta donde sufre, al menos no con tal entrega. Ahora, ya no hay sentimiento; se ha ido esa alegría amplia y sana que parecía ser la esencia misma del carácter de nuestra raza: tan abierto y sociable como era el habitante de las Landas de hace veinte o treinta años, alegre y agradable en su a veces dura condición, así también el habitante de la generación actual, singular resultado de su emancipación social, se muestra insatisfecho y altivo, incluso hostil y burlón, en su relativa comodidad. Y uno comprende que esta abrupta transformación, cuyas causas ya no necesitan análisis, resulta inquietante». y desconcierta a los ancianos, que luchan por alinear sus ideas con las nuevas y observan el estado actual de las cosas con tristeza. Frente a quienes utilizaban la pobreza de los antiguos habitantes de la región de las Landas como argumento para condenarlos mejor, Félix Arnaudin no dudó en emplear una flagrante mala fe: «¡No se canta donde se sufre, al menos no con tal desenfreno!». Si bien la felicidad no necesariamente va de la mano de la opulencia, es difícil que florezca donde se ve obstaculizada por la pobreza extrema o las graves enfermedades propias del estilo de vida.