La República Libre de Venaus


Nota de traducción
Desde hace más de treinta años, la comunidad del Valle de Susa, entre Turín y la frontera suroriental francesa, lucha contra un megaproyecto que prevé la construcción de una línea ferroviaria de alta velocidad (TAV) entre la capital piamontesa y Lyon. Una lucha desde abajo y multiforme que ha conseguido frenar las inútiles y dañinas obras con las que se pretende excavar un largo túnel bajo la montaña, así como construir una serie de grandes infraestructuras en el valle. La respuesta del Estado italiano ante esa oposición —con leves variaciones entre los muchos gobiernos que han pasado a lo largo de los años— ha consistido en una creciente militarización del valle, junto con un ensañamiento judicial sin precedentes contra una colectividad que, a día de hoy, continúa defendiendo el territorio valsusino. Y que lo hace sin dejar de pensar en sus compañeras y compañeros del otro lado de la frontera.

En el otoño de 2016, la editorial Einaudi publicaba el libro Un viaje que no prometemos breve. Veinticinco años de lucha No TAV de Wu Ming 1 (inédito en castellano, descargable gratuitamente en italiano en el blog Giap). En este «objeto narrativo no identificado», el autor realiza un auténtico viaje al interior de una comunidad en lucha que resiste ahora y siempre al invasor. Traducimos hoy una serie de fragmentos del libro sobre la historia de la República Libre de Venaus, uno de los puntos álgidos del movimiento No TAV que, en 2005, consiguió —aun sin obtener una victoria definitiva— torcerle el brazo al poder. No lo hacemos con ánimo nostálgico, sino para recordar hasta dónde puede llegar la potencia colectiva cuando se trata de defender el territorio y la vida comunes. Tal y como cuentan quienes los vivieron, «aquellos siete días representan […] el auténtico momento en que el Valle se convirtió en un único cuerpo; por primera vez experimentamos la libertad y la liberación de un territorio bajo ocupación, de una forma que mucha gente solo conocíamos por las historias que se cuentan en las noches de verano».


 

A las tres de la madrugada del 29 de noviembre de 2005, cientos y cientos de hombres escudos cascos porras furgones habían llegado a Venaus, escoltando las furgonetas de la CMC (Cooperativa de Albañiles y Cementistas), entrando en las antiguas obras de la AEM (Empresa Energética Metropolitana de Turín) como una inundación, y al mismo tiempo rodeando y aislando el Valle del Cenischia. La alarma se había propagado desde el campamento defensivo (presidio) No TAV, los teléfonos habían sacado a los y las activistas de su sueño, y alguno que otro corría ya hacia el lugar, desde Giaglione, pasando por el bosque, mientras por las carreteras la red de checkpoints se estrechaba cada vez más.

El grueso de las personas había llegado al amanecer al cruce llamado «de los Pasajeros» donde, desde la carretera nacional, iniciaba la provincial hacia Venaus, y donde ahora una falange de policías bloqueaba la circulación en el territorio de por lo menos dos municipios. Cientos de segusinos y venausinos no habían podido acudir ese día al trabajo o a la escuela. La oficina de correos de Venaus había permanecido cerrada. Solo los más viejos recordaban una militarización del valle parecida. Se anunciaba un largo martes.

Fuente: notav.info

En las fábricas se habían desencadenado huelgas espontáneas, al Cruce de los Pasajeros habían llegado los obreros de la fábrica Savio de Chiusa di San Michele (ventanas de aluminio) y de la IBS de Ferriera (tuercas y tornillos), mientras que los empleados de la Vertek de Condove (siderurgia) ocupaban como protesta la nacional 24 de Montgenèvre. Huelga también en la fábrica IREM de Borgone (aparatajes hidroeléctricos y de iluminación), la Roatta de Bruzolo (producción de recambios y componentes para automóviles) y la Mottura de Sant’Ambrogio (cerraduras y cajas fuertes). A pesar de todas las crisis y del «nuevo curso» anunciado a bombo y platillo, a pesar de las derrotas y las humillaciones, el Valle de Susa era aún un valle obrero. El valle había llamado y los obreros habían respondido, con lo que tenían, con lo que recordaban, con lo que sabían hacer.

[…]

A las cinco de la tarde había llegado la orden de relajar el bloqueo.

La muchedumbre —una riada de mil personas, quizás más— había circunnavegado a los policías, confundidos por el tira y afloja institucional, y había alcanzado el campamento defensivo para pasar en él la noche e impedir las expropiaciones.

***

Por ley, la toma de posesión de los terrenos no podía producirse antes de las ocho de la mañana del día siguiente. En la batalla del Seghino, en medio de los bosques y de noche, la LTF (Lyon-Turin Ferroviaire) y las fuerzas de policía no se habían preocupado de respetar los términos de ley, pero esta vez se encontraban en el fondo del valle y ante los ojos de todo el mundo: tenían que mostrarse cumplidores.

Por la noche, mientras se reforzaban las barricadas, en el prado del campamento se montaban tiendas, se encendían hogueras, se tocaban y cantaban baladas occitanas:

Aquelos montanhos
Que tan autos soun
M’empachon de veire
Mes amors ount soun…

Y la gente llevaba provisiones de comida y bebida, cantidades enormes, como para resistir dos meses, y se empezaba ya a hablar de la «zona liberada de Venaus», y en la cercana sala de fiestas tenía lugar un encuentro organizado en pocas horas y titulado: «Paradigma del desarrollo y alta velocidad: un balance interdisciplinar». Un «encuentro táctico», tal y como lo había definido el sociólogo Marco Revelli, una contribución al campamento defensivo. Los oradores, además de Revelli, eran el historiador Giuseppe Sergi, el meteorólogo Luca Mercalli, el escritor y alpinista Enrico Cammani, el abogado Vincenzo Enrichens de Juristas Democráticos, el sacerdote Gianluca Popolla del Centro Cultural Diocesano de Susa, el ingeniero Massimo Zucchetti y el físico Angelo Tartaglia.

Este último era uno de los «técnicos No TAV» presentes desde el principio, desde los albores de la lucha y aún antes, cuando el proyecto de la Nueva Línea Turín-Lyon estaba aún rodeado de oscuridad. En 1991 había ayudado a fundar el comité Hábitat, uno de los primeros núcleos del movimiento.

Durante catorce largos años, la movilización pacífica No TAV había sido ignorada. Llamamientos, peticiones, cartas abiertas, denuncias ante la Fiscalía, mesas informativas, manifestaciones, marchas con antorchas y reparto de panfletos en Turín habían suscitado, en el mejor de los casos, paternalismo, sonrisitas y vosotros-no-entendéis-que.

Autos, ben son autos,
Mas s’abaissarèn
E mas amoretas
Vers iou tornarèn.

[…]

El desdén de las autoridades había estado en línea con la indiferencia de los medios de comunicación. Periódicos y televisiones habían hablado del movimiento No TAV en contadas ocasiones, casi exclusivamente para vincularlo a oscuros atentados y presuntas «emergencias por terrorismo», como en el trienio 1996-1998, periodo de «extraños incendios» y supuestos «lobos grises», que culminó con las injustas detenciones y posteriores suicidios de los anarquistas Edoardo Massari («Baleno») y María Soledad Rosas («Sole»). Aquella era la parte más difícil de contar, en la primavera de 2016 me estaba aún preguntado cómo hacerlo.

En Turín existían grupos No TAV distintos entre sí, minoritarios y hostigados. Todos iban al valle desde hacía tiempo, a contribuir como podían. Había anarquistas de distintas sensibilidades que se habían acercado a la lucha tras el montaje contra Sole y Baleno; estaba el comité No TAV Torino, que llevaba a cabo un valiosísimo trabajo de documentación y catalogación de materiales; y estaba el centro social Askatasuna, coloquialmente, «el Aska».

[…]

Y de lo que había aprendido en el valle, ¿qué había conseguido llevar el Aska a la ciudad?

—Nada—, me había contestado Lele Rizzo.— Y si me preguntas que cuántos debates No TAV hemos hecho en el Askatasuna en estos años, te diría que uno, o que quizás ninguno. Para nosotros la lucha ha estado siempre aquí, en el valle. En Turín la cuestión No TAV es un parteaguas político, o a este lado o al otro, pero no respecto al megaproyecto, sino a la pertenencia política. En la ciudad se nota mucho eso: ¿Eres No TAV? Pues eres de los centros sociales, un anarquista, un extremista. ¿Te acuerdas del eslogan «Salir del gueto, romper la jaula»? Bueno, pues venir aquí al valle nos ha roto la «jaula» en la cabeza. Yo creo que nuestra acción política resulta absolutamente coherente con la acción del Valle de Susa, por eso Askatasuna puede «traducirse» y entenderse en el valle, pero en la ciudad lo que tienes delante es algo muy distinto.

«Turín es el lugar de la galaxia más lejano al Valle de Susa», había dicho Luca Rastello.

Ahora que las barricadas, los sabotajes y los cortes de carretera habían llamado la atención, en Turín se sacudían el torpor, y en el resto de Italia se caían del guindo, y todas la autoridades de Turín y Roma corrían a amonestar al movimiento No TAV, soltándoles sermones a los valsusinos: —¡Os estáis equivocando! ¡Tenéis que usar métodos pacíficos!

Baisà-vous montanhos,
Planos levà-vous
Perquè pòsque veire
Mes amors ount soun.

La atmósfera de aquel 29 de noviembre la habían descrito otros dos fundadores de Hábitat, Chiara Sasso y Claudio Giorno, en su libro Mutuo soccorso:

«Había miles de personas que caminaban, de noche, por las calles de Venaus, parándose en los fuegos encendidos, hablando entre ellas, haciendo comunidad. Las ventanas de la sala de fiestas estaban abiertas, para permitir que los cientos de personas presentes pudieran escuchar las intervenciones de los oradores. Gorros bien calados mientras caía la nieve. Estaba «todo el mundo» en aquel espacio… Había de qué tener miedo, pero viendo a toda aquella gente, había sobre todo motivos por los que tener esperanza, porque el partido todavía no se había acabado.»

***

La mañana después, a las ocho en punto, el ayuntamiento de Venaus se había reunido al aire libre, en el campamento, para condenar unánimemente la redada y la militarización del Valle del Cenischia. Hacía frío, el aliento se hacía blanco al salir de la boca.

De ahí a poco, las fuerzas de policía habrían intentado tomar los terrenos atacándolos desde tres posiciones distintas, pero los No TAV se habían acordonado y habían opuesto resistencia.

En aquel trance había nacido el eslogan «A sarà düra!».

Será duro para nosotros, porque tenemos en contra todos los poderes, pero será duro también para vosotros.

Los técnicos habían conseguido tomar posesión de un solo lote de terrenos de un total de ochenta y dos. Inmediatamente después, por una burla del destino, el asedio había cambiado de signo: carabineros, policías nacionales y financieros habían quedado confinados en una parcela de prado en la que los técnicos de la CMC habían apoyado sus herramientas, mientras los No TAV los rodeaban, gritando y repitiendo eslóganes y, sobre todo, construyendo barricadas en las vías de acceso a los terrenos y entre las antiguas obras y la cercana central de la AEM, para impedir que los policías recibieran suministros y pudieran hacer el cambio de turno.

Por la tarde, tras unas difíciles negociaciones, se había movido la barricada para permitir que los agentes —tras veintiuna horas de servicio ininterrumpido, en ayunas y con la vejiga llena— se marcharan, desfilando entre dos alas de valsusinos, en medio de una lluvia de insultos y burlas.

En veinticuatro horas la zona se había convertido en la «República Libre de Venaus», e incluso las barricadas tenían nombre: la que apuntaba hacía Susa era la barricada del Sol Naciente.

Y pensar que, al principio, eran solo unas cuantas sillas sobre el césped.

En los días siguientes, la presencia de las fuerzas policiales en el Valle del Cenischia había seguido siendo obsesiva, con controles de carretera en serie, a pocos cientos de metros entre uno y otro, y sofocantes identificaciones. La jefatura de policía había cometido un grave error estratégico, haciendo que todo el mundo percibiera la presión, la arrogancia, ese «seguiremos adelante» que resume siempre cualquier discurso del poder. A esas alturas, se había normalizado ya el uso de la expresión «tropas de ocupación». La usaban incluso los alcaldes.

El 3 de diciembre, el ministro de Interior, Beppe Pisanu, había declarado: «En el Valle de Susa hay una preocupante mezcla explosiva y subversiva».

[…]

***

Noche de finales de otoño. En Venaus, un cielo estrellado. Cincuenta kilómetros hacia Este-Sureste, a vuelo de pájaro, sobrevolando San Giorio y Villarfocchiardo, Sant’Antonio y Chiusa di San Michele, Sant’Ambrogio y Avigliana con sus dos lagos a la derecha, y luego Rivoli, Grugliasco y por fin Turín: barrio Lesna → Santa Rita → San Salvario.

En Piazza Nizza 46, un edificio gris y liso de siete plantas. En el quinto piso, unas oficinas, desiertas a esas horas. En el despacho más grande de las oficinas, una mesa de dibujo muy poco inclinada, casi horizontal. Sobre la mesa, bajo la luz de un flexo, una hoja en blanco.

Como una Sábana Santa, el folio mostraba la impronta del Valle de Susa en tonos de gris variables: la orografía, las líneas ferroviarias, las carreteras, los cursos de agua… Sobre aquellos tonos grises, unas líneas más marcadas, líneas negras, continuas y discontinuas, acompañadas por palabras y cifras. El proyecto de la Nueva Línea Turín-Lyon.

Bajo el dibujo, el papel hervía, plop plop, borboteando como el barro de un lago termal. El proyecto estaba insomne, se agitaba, no podía aguantar más en la flatland. Las líneas de los ríos y las carreteras eran las barras de una cárcel. Romperlas. Romperlas y hacerse realidad. El proyecto empujaba, se chocaba, golpeaba la pared de la tercera dimensión, mojaba las fibras del papel con su humeante sudor, y el folio se sacudía, se levantaba, se arqueaba, haciendo temblar la mesa.

Finalmente las barras habían cedido, dispersando a su alrededor la tinta del dibujo, haciendo que cayera, como caldo de ceniza, sobre el suelo de gres laminado con efecto de madera.

Del papel desgarrado había salido el proyecto, bajo su nueva Entidad.

¿Describirla? ¿Cómo, si era invisible? Solo a la luz del día, enfocando bien, habría podido intuirse un núcleo de movimiento, vibrátil, una suerte de estrecho vórtice, un molinillo de incomunicabilidad y grumos de gastados mitos.

La Entidad, hinchada de potencia, había destrozado una ventana y se había dirigido inmediatamente hacia Venaus.

***

La noche entre el 5 y el 6 de diciembre de 2005 el cielo estaba lleno de estrellas. Se veían bien Auriga, Perseo, Aries, Géminis… A las tres y veinte, a las órdenes de los vicecuestores Sanna y Di Gaetano, las fuerzas de policía habían tomado por asalto la República Libre de Venaus.

Ante la barricada del Sol Naciente habían llegado con una excavadora azul que ya había sido avistada desde el Seghino, rodeada por furgones con las largas encendidas y cientos de carabineros con cascos, escudos y porras. En los años siguientes, Maurizio lo contaría más de una vez: seis o siete personas se habían subido a la barricada, para ver mejor y oponer resistencia pasiva, y habían visto la excavadora avanzar. Alguien había gritado: —¡Parad, hay gente ahí arriba!

Y luego aquella escena. Todos las personas presentes en aquel momento la contaban de la misma forma, jurando haberlo visto con sus propios ojos y oído con sus propias orejas. El vicecuestor Sanna en pie sobre la excavadora, agarrado a la puerta del habitáculo y gritándole al conductor: —¡No te pares! ¡Aplástalos!—. En los días siguientes, Sanna admitiría su presencia sobre el vehículo, pero desmentiría la incitación.

La excavadora había embestido la barricada, ruido de madera que se rompe y gritos, gritos de personas que perdían el equilibrio e intentaban agarrarse a lo que fuera para no caerse. Luego el cucharón de la excavadora había levantado una gran porción de barricada, con dos o tres personas encima, entre ellos Maurizio, de treinta y cuatro años, obrero de la fábrica GMC de Capire (estampación de metales en frío), activista del comité Spinta dal Bass [Empuje desde Abajo], marido de Elena y padre de dos niñas pequeñas, Matilde y Micol, no te caigas, no te caigas hacia delante, joder, o acabas bajo las ruedas. Mientras tanto, por los espacios abiertos pasaban corriendo los agentes, invadiendo la República Libre.

Cinco minutos atrás. En el otro lado, hacia Venaus, habían llegado con las luces apagadas, con decenas de vehículos, y habían pasado abriendo un agujero en la valla. Algunos No TAV habían intentado pararlos, o por lo menos frenarlos, acordonándose como en el Seghino y como el 30 de noviembre, pero las fuerzas eran demasiado desiguales.

Patrizia Triolo, de treinta y nueve años, de Meana di Susa y empleada de la Valsusa Car de Bruzolo, había salido bostezando de la tienda con una taza vacía en la mano, dirigiéndose a la cabaña del campamento para beber un té caliente. Llevaba un collarín, había tenido un accidente de coche. Viendo a los antidisturbios se había quedado atónita, con la boca abierta. Había visto a dos agentes avanzar hacia ella y había levantado las manos, mientras en la derecha aún llevaba la taza. Había empezado una frase: —No…— pero uno de los dos le había golpeado con la porra en la cara, fracturándole el tabique nasal y siguiendo después por su camino. Con la boca y la barbilla ensangrentados, Patricia había deambulado en estado de shock, en medio del violento desalojo, llorando y preguntándoles a todo el mundo y a nadie: —¿Por qué?—. Solo más tarde alguien había reparado en ella y la había llevado hasta una ambulancia.

También en el lado de Susa, tras el destrozo de la barricada, los No TAV se habían acordonado. Din! Dan! Don! Aquella parte del campamento defensivo tenían una composición más juvenil y militante, la resistencia no había sido superada, Maurizio y los demás habían conseguido retroceder lentamente, sin provocar el caos, a pesar de las patadas, los golpes de escudo y los porrazos. Din! Dan! Don! Habían llegado hasta la cabaña del campamento en una prueba de firmeza y dignidad, mientras a su alrededor se desalojaba con violencia uniformada, apaleando, pisando a la gente que dormía en las tiendas. ¿Pero qué era aquel sonido que atravesaba el telón de gritos? Din! Dan! Don! Campanadas. Las campanas de la iglesia de Venaus martilleaban para avisar y reunir a todo el mundo.

—¡Todo el mundo ahí dentro!— había ordenado un dirigente de la policía, indicando la cabaña de madera. Había que dejar espacio a los técnicos de la CMC, que ya estaban preparados para tomar posesión de los 81 lotes. Policías y carabineros habían empezado a empujar a la gente hacia la caseta, pero era demasiado pequeña, no podía contener a un centenar de personas. Tras apenas un minuto, la gente estaba ya comprimida contra las paredes, y entonces se había visto a agentes hacer como los «empujadores» del metro de Tokio, dando empujones y patadas, y reaccionando con violencia ante las protestas de la gente. Marina, concejala del pueblo de Avigliana, había recibido un puñetazo en la cara y había sido empujada dentro de la casa a través de una ventana.

Maurizio había estado en Génova en los días del G8, en julio de 2001. No podía dejar de pensar en las calles convertidas en ratoneras, la redada en la escuela Díaz y las torturas en el cuartel «Nino Bixio» de Bolzaneto.

Cuando había sido realmente imposible hacer que entrara nadie más, habían arrinconado al resto de la gente en un área del prado. Eran las cuatro menos veinte. Los teléfonos y las campanadas habían despertado ya a todo el pueblo y a gran parte del valle. Desde las filas No TAV se había levantado un cántico, el de siempre, para infundir y armarse de valor, para que lo oyeran quienes estaban encerrados en el campamento y el resto de la gente que empezaba a llegar y que encontraba, en el lugar donde hasta hacía veinte minutos estaban las barricadas, un gran despliegue de carabineros. Por el lado de Venaus, una fila de escudos y un autocar del Arma impedían que la gente pasara. La caseta empezaba a hacerse cada vez mayor. Desde ahí había empezado a oírse la canción.

Como ocurre siempre, había empezado una sola voz: «Una mattinaaaaa | mi son svegliato…», luego tres o cuatro, «o bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao», y luego todo el mundo a la vez, también desde dentro del campamento, «una mattinaaaa | mi son svegliatoooo | e ho trovato…».

Y pensar que de Bella ciao nunca me habían gustado ni la música, demasiado zumpapá para mi gusto, ni la letra, que después de la primera estrofa me parecía que no tenía ni pies ni cabeza, un mix de historias de distintas canciones. Nunca me había gustado demasiado aquella canción, pero tras reconstruir los eventos del valle, no podía quitarle importancia. Todo el mundo la conocía, todo el mundo podía unirse y cantarla en cualquier momento. Y la primera estrofa funcionaba.

Llegados a ese punto, los policías habían hecho entrar a los técnicos de la CMC. Eran seis, con los rostros tapados con pasamontañas, picos y rollos de red naranja al hombro cual fusiles. Se habían puesto a hacer marcas y a posicionar la red, socios-empleados de una antigua cooperativa «roja», bajo las miradas estupefactas o llenas de desprecio de gente que acababa de cantar Bella ciao para armarse de valor, personas con las caras ensangrentadas, mujeres y hombres que desde hacía muchos años se comprometían en primera persona, empleando tiempo y energía, arriesgándose a sufrir violencias y denuncias, para defender su valle. Junto a aquellas mujeres y hombres estaba en pie Marco Revelli, que había descrito así la escena:

«Era un espectáculo desgarrador, doloroso, ver aquel noble pasado, aquella alta y virtuosa experiencia de la historia del movimiento obrero que fue el «cooperativismo» presentarse […] ahora así, con el rostro «distorsionado», como se dice en la jerga judicial, con aquella imagen —como si fueran unidades especiales o secuestradores de aviones—, en un acto de abierta hostilidad y agresión contra una población que los rechazaba y miraba como enemigos. En aquella imagen huidiza […], en aquella estúpida decisión de contraposición frontal contra el valle, se resumía toda la dimensión de la crisis de nuestra izquierda. Su separación extrema respecto a su propia «gente» y a su memoria, todo en nombre de los «negocios»».

[…]

A las 4.30, una vez terminada la toma de posesión de los terrenos, las fuerzas policiales habían empezado a desalojar a la gente del campamento, empujándola hacia Venaus. Una vez llegados al autocar de los carabineros y al cordón que bloqueaba a los cientos de personas que habían llegado mientras tanto, algunos No TAV habían decidido oponer una última resistencia a la evacuación, para mandar una señal, para decir que la cosa no acababa ahí. Habían vuelto a empezar los porrazos, y los gritos, y los empujones a ambos lados del autocar de la Benemérita.

Allí se encontraba Silvano Bogis. En un cierto momento, un carabinero le había golpeado en la boca del estómago con la porra. El viejo alpino se había derrumbado, pero aún así habían seguido golpeándolo. —¡Ayuda!— había gritado el nieto del mártir partisano antes de vomitar. Había conseguido no perder el sentido. Tuvo que pasara media hora para que la policía dejara pasar a los enfermeros, los cuales habían trasladado a Silvano al hospital de Susa.

Y así, mientras que durante el verano, en los distintos campamentos, algunas personas habían invitado a un café a los agentes de la DIGOS o a un limoncello al mariscal de los carabineros, y en Venaus hasta el día anterior había quien les daba un té a los policías helados de frío, después de aquel 6 de diciembre jamás volvería a suceder nada parecido. El surco estaba trazado.

***

Unos treinta activistas No TAV agredidos habían presentado una denuncia por las violencias sufridas durante el desalojo. El 16 de junio de 2009, el juez instructor Dante Cibinel había tenido que archivar el caso porque, tal y como había escrito, «no [eran] identificables [los agentes] que individualmente [habían] provocado lesiones a los manifestantes».

Los agentes no eran identificables porque sus superiores habían hecho declaraciones «ciertamente, al menos en parte, falsas… Resulta radicalmente no creíble que ninguno de los funcionarios que han declarado, todos presentes, no haya visto ninguno de los episodios de lesiones que ciertamente han sido protagonizados por parte de individuos pertenecientes a las fuerzas de policía intervinientes».

[…]

Había algo más: Cibinel constataba «una percepción no aislada por parte de los observadores de un estado de alteración psicoemotiva de los agentes intervinientes durante la acción que no parece poder explicarse en términos de perturbación natural, aun habiendo sido dicha acción ciertamente difícil». El juez instructor se refería a los numerosos testimonios acerca de «miradas alienadas» y «no plenamente conscientes» de policías y carabineros. Muchas personas habían descrito «ojos enrojecidos» y explicado que los agentes parecían encontrarse «bajos los efectos de algún tipo de sustancia».

Los periódicos habían hablado de numerosos agentes heridos, pero tal y como había escrito Cibinel, «todos los agentes que [habían] recibido atenciones médicas [habían resultado] heridos en otras circunstancias».

Respecto a las declaraciones falsas de los funcionarios, el juez instructor constataba con amargura que no era posible decir quiénes de entre ellos habían mentido. Los que habían mentido lo habían hecho «conscientes de que los numerosos actos de violencia se habían producido efectivamente, así como del hecho de que nadie había tomado medidas para prevenirlos ni para, posteriormente, impedirlos», sabiendo además que «el desvelamiento de dichas circunstancias habría arrojado un objetivo e importante descrédito sobre la acción de las fuerzas policiales».

[…]

***

A las 7.20 del 6 de diciembre de 2005, el sol aún no se había despegado del horizonte y ya cientos de No TAV llenaban la plaza del mercado de Bussoleno.

Desde la asamblea espontánea habían surgido llamamientos a una nueva huelga general y al bloqueo de todas las principales vías de comunicación. Poco después habían sido ocupadas la autovía A-32 y las nacionales 24 y 25. El tráfico transfronterizo se había parado, tanto así que las autoridades habían tenido que cerrar el túnel del Fréjus por el lado francés. En Bussoleno, una barricada bloqueaba Via Traforo, la principal calle del pueblo. Esta no había sido desmontada hasta el atardecer. También se habían ocupado las estaciones de tren de los pueblos de Avigliana y Sant’Ambrogio, y una acción relámpago había bloqueado la estación de Torino Porta Nuova. También en Turín, algunos cientos de manifestantes habían «asediado» la sede de la Región Piamonte, en Piazza Castello, donde, según los periódicos, alguien habría provocado daños —reconociéndolo quién sabe cómo— al coche de la presidenta Bresso. Desde toda Italia llegaban noticias de enfrentamientos con la policía, ocupaciones y protestas por el desalojo de Venaus. En una nota conjunta, el presidente Berlusconi y el ministro Pisanu habían declarado:

«Grupos de extrema izquierda, del área antagonista y anarcoinsurreccionalista, están intentado extender los desórdenes desde el Valle de Susa a Turín, Roma, Milán y otras ciudades. El gobierno está firmemente decidido a contrarrestar ese intento, que no tiene nada que ver con la protesta pacífica del valle.»

El movimiento había anunciado una gran manifestación para el 8 de diciembre. Era el día de la Inmaculada Concepción, pero también el aniversario del Juramento de la Garda.

El 8 de diciembre de 1943, en un claro del bosque cerca de la Garda, pedanía de San Giorio, los partisanos de las bandas que se habían formado en otoño habían jurado combatir el nazifascismo. En el valle, la guerra partisana había empezado hacía tres meses. La ceremonia, ideada por el cura partisano Francesco Foglia (apodado posteriormente «padre Dinamita»), había reforzado aquel propósito en vista de un duro invierno.

Tenía sentido. Los periódicos citaban una declaración de Alberto Perino: «La fase histórica en la que estamos me recuerda al primer año de la Resistencia».

Nunca como en aquellas horas se había visto a Alberto mantener juntas las distintas almas y reivindicaciones del movimiento. En el recuerdo de mucha gente era ubicuo, en medio de la muchedumbre, con su corpulencia, su barba corta y gris y su inconfundible voz.

[…]

El objetivo de la manifestación —se decía sin medias tintas— era retomar el campamento defensivo de Venaus, la zona de las antiguas obras de la AEM y los terrenos vallados la noche anterior. El movimiento había ya obtenido, de parte de los propietarios, la cesión de los terrenos del otro lado de la carretera provincial, que no formaban parte del proyecto, y que no eran por tanto expropiables. La idea consistía en llevar una casa prefabricada y establecer un nuevo campamento. Se había previsto que la manifestación empezara en la Piazza d’Armi de Susa. El aire presagiaba tormenta.

***

El mejor cartel de todos rezaba: «TAV = Troppa Assurda Violenza» [TAV = Demasiada Absurda Violencia].

Aquel día nevaba. La manifestación era grande, había quienes hablaban de treinta mil personas. Cuando esta había llegado al fatídico Cruce de los Pasajeros, nuevamente defendido por cientos de agentes antidisturbios, una parte de los manifestantes había intentado atravesar el cordón, y habían dado inicio las cargas. El resto de la manifestación había decidido proseguir: todo el mundo sabía que dos kilómetros más adelante había otro cruce, descubierto. Otra gente ni siquiera había esperado a llegar al cruce, se habían metido por el bosque para llegar a Venaus, siguiendo pistas y senderos ya cubiertos por la nieve, pasajes desconocidos a las fuerzas de policía.

Fuente: notav.info

A las 12.50, los policías desplegados para defender las nuevas obras habían visto acercarse rápidamente una ola, más aún, una horda, que incluso en un día diáfano como aquel resplandecía en el límite del bosque. La horda de oro había bajado a la llanura, echando abajo las vallas, obligando a huir a las fuerzas policiales y desmontando las incipientes obras. Todo había ocurrido en una corta secuencia de flashes, en un staccato, como bajo una luz estroboscópica. A las 13.05, la red naranja se había transformado en grandes letras dispuestas sobre el prado y que todo el mundo fotografiaba desde arriba: NO TAV. Poco después, del otro lado de la carretera, se había organizado un nuevo campamento defensivo.

—Hemos retomado el terreno que se nos había usurpado—, había afirmado Nilo Durbiano.

«Un millar de extremistas de izquierda del área anarcoinsurreccionalista ha devastado las obras y atacado a las fuerzas de seguridad del Estado», había escrito en una nota de prensa el ministerio de Interior.

Fuente: notav.info

Desde entonces, cada 8 de diciembre, era fiesta por partida triple: la Inmaculada, el Juramento de la Garda y la reconquista de Venaus. María de Nazaret, la guerrilla y la lucha del pueblo.

La victoria No TAV había retrasado varios años el proyecto y obligado al adversario a cambiar sus planes. Eliminación de los checkpoints en el Valle del Cenischia. Renuncia al proyecto en el margen orográfico izquierdo del río Dora. Un nuevo trazado a definir lo antes posible. Búsqueda de un lugar menos accesible donde excavar.

Después de veinte años de expropiación por «utilidad pública», el área de las antiguas obras de la AEM había vuelto a sus legítimos propietarios. El ayuntamiento de Venaus la había comprado, y había construido en ella un centro polivalente, bautizándolo «Barrio 8 de diciembre».

En 2006 el centroizquierda había ganado el gobierno central, colocando en el ministerio de Infraestructuras al exjuez Antonio Di Pietro. La Nueva Línea Turín-Lyon había sido eliminada de la lista de megaproyectos regulados por la «Ley Objetivo» de 2001, y recolocada entre los proyectos regulados de forma ordinaria, con mayor implicación de los entes locales. Tras el enfrentamiento frontal, resultaba necesario dar a los valsusinos por lo menos una idea de diálogo.

Flash-forward. El 8 de febrero de 2011, ocho empresarios y dirigentes públicos —incluido el director general de la LTF Paolo Comastri— habían sido condenados en primer grado por varios delitos (abuso de autoridad y alteración de subasta pública) vinculados a contratos públicos para la realización de importantes obras, entre las que se encontraba la galería de exploración geognóstica de Venaus.


En el Valle de Susa hemos visto A.C.A.B. [Desorden público en la versión española, N. del T.], la serie producida por la multinacional estadounidense Netflix estrenada en el día de ayer. Teníamos curiosidad por ver cómo una serie de ficción con grandes recursos trataría nuestra tierra y nuestra lucha. Lo que hemos visto no nos ha impresionado: el Valle de Susa, en este caso, no es más que un pretexto narrativo para presentar la historia de los agentes antidisturbios que protagonizan la serie.

No obstante, resulta significativo que la lucha No TAV se muestre como una caricatura violenta, algo totalmente en línea con la retórica periodística de estos años. La representación en la pantalla fuerza una equidistancia entre violencias, sugiriendo una simetría entre las partes, con un herido a cada lado, como si el peso real de la represión estuviese equilibrado. La realidad es que existe un abismo entre ambas, tal y como demuestran las investigaciones judiciales con las que se ataca al movimiento desde hace décadas, los muchos años de cárcel repartidos como si fuesen caramelos, nuestros heridos y la militarización de nuestro territorio como si de una guerra se tratara. Lo que la serie lleva a escena no es un enfrentamiento realista, sino una suerte de batalla épica que recuerda a las guerras entre los antiguos romanos y las poblaciones bárbaras, en las que solo a través del engaño los «bárbaros» son capaces de atacar a un valiente centurión.

La narración no solo resulta retorcida respecto a la representación de la violencia, también lo es en la atribución de sus orígenes. Las imágenes intentan hacerle creer al vasto público de Netflix en todo el mundo que las violencias perpetradas por las fuerzas policiales en el Valle de Susa —y en otros lugares— son una reacción inevitable, justificada por la tensión que generan las personas que se manifiestan. Estas son representadas a través de la típica retórica maniquea, distinguiendo entre «jubilados buenos» y «guarros peligrosos», o bien reduciendo cualquier abuso policial a meros episodios aislados, causados únicamente por un individuo excesivamente violento. Se trata de la narración, gastada y falsa, de las «manzanas podridas», la cual niega de facto la verdad indiscutible: que el sistema es estructuralmente violento y que utiliza la fuerza para intentar imponer en este valle lo que llevamos más de treinta años rechazando.

Como era de esperar, la serie no hace ninguna referencia a las motivaciones de la protesta, a los orígenes de una oposición razonada y generalizada en nuestro valle, a la devastación que observamos día tras día, a la destrucción de nuestros bosques, a las interminables coladas de cemento, a la contaminación o a los riesgos para nuestra salud.

Puesto que vivimos esta realidad cotidianamente en carne propia, sabemos que lo que ocurre en el Valle de Susa no es una película, y conocemos bien el precio de defender nuestro territorio de la devastación. Nos encontramos frente a un crimen medioambiental cuyos responsables, a día de hoy, no están siendo castigados, aunque sepamos perfectamente quiénes son. En cambio, dieciséis personas pertenecientes al movimiento No TAV se encuentran actualmente acusadas de asociación para delinquir. Por si esto fuera poco, la Presidencia del Consejo de Ministros y los ministerios de Interior y Defensa se han constituido como parte civil para pedirnos, junto a la empresa pública francoitaliana TELT, una indemnización de más de 7 millones de euros [en concepto de supuestos daños y lesiones a la policía y el patrimonio público, N. del T.], por habernos defendido ante un megaproyecto que nuestro valle nunca ha pedido.

La realidad está aquí, entre las personas que habitan estas montañas. Nuestra resistencia nos llevará a la victoria, y eso es lo único que importa.

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