Sindicalismo, ecología y feminismo: la visión de Judi Bari

 Jeff Shantz || De  vía Anarchist Federation

Recordando y aprendiendo de la vida y el legado de Judi Bari

Según la difunta organizadora Wobbly y defensora de la Tierra, Judi Bari, una perspectiva verdaderamente biocéntrica debe desafiar realmente el sistema del capitalismo industrial, que se basa en la «propiedad» de la tierra. El capitalismo industrial no puede reformarse, ya que se basa en la destrucción de la naturaleza. La búsqueda de beneficios del capitalismo insiste en que se extraiga más de lo que se devuelve (ya sea mano de obra o tierra). Bari amplió el debate marxista sobre la plusvalía para incluir los elementos de la naturaleza. Argumentó que una parte de los beneficios derivados de cualquier producto capitalista resulta de la (sub)valoración unilateral, por parte del capital, de los recursos extraídos de la naturaleza.

Debido a su análisis de cómo la destrucción ecológica tiene sus raíces en las relaciones capitalistas, Bari centró su atención en las actividades cotidianas de la clase trabajadora. Se dio cuenta de que las personas trabajadoras podrían ser un aliado potencialmente crucial de las ecologistas, pero tal alianza solo podría materializarse si las ecologistas estuvieran dispuestas a informarse sobre las preocupaciones del lugar de trabajo. Bari no tenía ideas ingenuas de que las personas trabajadoras fueran agentes históricos privilegiados. Simplemente subrayó su convicción de que, para que la ecología se enfrente a las relaciones capitalistas de manera eficaz y no autoritaria, se requiere la participación activa de ellas. Del mismo modo, si las personas trabajadoras iban a ayudar a las ecologistas, era razonable aceptar a cambio cierta ayuda mutua por parte de las ecologistas.

En su opinión, el poder que se manifiesta como extracción de recursos en el campo se manifiesta como racismo y explotación en la ciudad. Un movimiento ecologista radical eficaz (uno que pudiera empezar a considerarse revolucionario) debe organizarse entre las personas pobres y trabajadoras. Solo a través del control obrero de la producción y la distribución puede detenerse la maquinaria de la destrucción ecológica.

Las crisis ecológicas solo son posibles en el contexto de unas relaciones sociales que provocan un debilitamiento de la capacidad de las personas para luchar en defensa organizada de las comunidades ecológicas del Planeta. Bari comprendió que la restricción de la participación en los procesos de toma de decisiones dentro de jerarquías ordenadas, requisito previo para la acumulación, ha sido un impedimento crucial para la organización ecológica.1 Esto la convenció de que la ecología radical debe incluir ahora demandas de control obrero y una descentralización de las industrias de manera armoniosa con la naturaleza. También significaba rechazar la moralización ecológica y desarrollar cierta sensibilidad hacia las inquietudes y preocupaciones de los trabajadoras.

Para los críticos, este énfasis en las preocupaciones de las personas trabajadores y la necesidad de superar las relaciones sociales capitalistas significaba un giro hacia el análisis obrerista que, en su opinión, socavaba su ecología. Las críticas a las personas trabajadoras y a la «ecología de izquierda» no solo han venido de ecologistas profundos, como se ha comentado anteriormente, sino también de ecologistas sociales, como Murray Bookchin y Janet Biehl, que por lo demás se oponen a la ecología profunda. El gurú de la ecología social, Bookchin, se ha mostrado especialmente hostil a cualquier idea de que el lugar de trabajo sea un espacio importante de actividad social y política o de que las personas trabajadores sean actores radicales significativos. Bookchin repite el discurso reciente sobre la desaparición de la clase trabajadora2, aunque no tiene claro si la clase trabajadora está «disminuyendo numéricamente» o simplemente «integrándose». Bookchin ve la «contracultura» (aproximadamente los nuevos movimientos sociales como la ecología) como un nuevo actor social privilegiado y, en lugar de personas trabajadoras, recurre a un «pueblo» populista y al auge de la comunidad. Sin embargo, subyacente a la crítica de Bookchin a la organización sindical hay una baja opinión de las personas trabajadoras, a quienes considera con desdén como «meros objetos» sin presencia activa alguna dentro de las comunidades.3

La falta de análisis de clase lleva igualmente a Janet Biehl a recurrir a una vaga «vida comunitaria» al buscar la salida a la destrucción ecológica.4 Por desgracia, las propias comunidades se ven atravesadas por una miríada de intereses de clase transversales y conflictivos que, como demostró Bari, no pueden descartarse ni ignorarse. Las nociones de comunidad son a menudo el arma misma que esgrimen las empresas madereras contra los «forasteros» ecologistas.

Biehl reconoce la necesidad ecológica de eliminar el capitalismo, pero su obra excluye a las personas trabajadoras de este proceso. Esto se expresa directamente en su estrategia para hacer frente al capital: «Luchar contra grandes entidades económicas que operan incluso a nivel internacional requiere que un gran número de municipios trabajen juntos».5 No actores sociales específicos (trabajadores) con contribuciones concretas que aportar, sino aparatos políticos estatistas (municipios). Para hacer frente a «fuerzas macrosociales como el capitalismo… [Biehl propone]… comunidades políticas».6 Todo esto resulta bastante extraño viniendo de alguien que se declara anarquista.

Biehl llega incluso a afirmar que «el único ámbito que puede desafiar seriamente» las jerarquías actuales es «la política democrática participativa», pero no hace referencia alguna a la especificidad del lugar de trabajo en este sentido.7 Sin embargo, en el marco de las relaciones capitalistas, el lugar de trabajo es uno de los ámbitos cruciales que requieren precisamente la extensión de ese tipo de política. Y es poco probable que esa extensión se produzca sin la participación activa de las personas en sus roles específicos como trabajadores. Bari, preocupada por fomentar esta participación, no podía permitirse el lujo de pasar por alto las preocupaciones cotidianas de las personas trabajadores.

Como feminista y sindicalista de larga trayectoria, Judi Bari era muy consciente de las tendencias dentro del movimiento obrero, y de la izquierda en general, a tratar las preocupaciones de género o medioambientales como subordinadas al movimiento más amplio o, peor aún, como distracciones. Sin embargo, Bari no era una materialista vulgar dada a los análisis economicistas, y rechazó la caracterización de Dave Foreman del Local 1 como simplemente «izquierdistas» o un «grupo de lucha de clases». Ella también se mantuvo muy crítica con el socialismo marxista y con lo que consideraba su aceptación de la dominación de la naturaleza.

No estamos tratando de derrocar el capitalismo en beneficio del proletariado. De hecho, la sociedad que imaginamos no se menciona en ninguna teoría de izquierdas de la que yo haya oído hablar. Esas teorías solo tratan de cómo redistribuir el botín de la explotación de la Tierra para beneficiar a una clase diferente de seres humanos. Necesitamos construir una sociedad que no se base en absoluto en la explotación de la Tierra —una sociedad cuyo objetivo sea alcanzar un estado estable con la naturaleza en beneficio de todas las especies.8

En busca de inspiración, Bari recurrió a las tradiciones no autoritarias del socialismo. Concretamente, su materialismo adoptó la forma del sindicalismo (el sindicalismo libertario revolucionario).9 Bari desarrolló su enfoque sindicalista verde como un intento de reflexionar sobre las formas de organización mediante las cuales las personas trabajadoras pudieran abordar las preocupaciones ecológicas en la práctica y de maneras que rompieran las múltiples jerarquías del sindicalismo mayoritario. Reconoció en las estructuras y prácticas sindicalistas ciertas similitudes instructivas con los movimientos contemporáneos por la ecología y el feminismo radical.

Judi Bari toca el violín con Darryl Cherney a la guitarra.

Históricamente, anarcosindicalistas y sindicalistas revolucionarias lucharon por la abolición de las divisiones entre las personas trabajadores basadas, por ejemplo, en el género, la raza, la nacionalidad, la cualificación, la situación laboral y el lugar de trabajo. Los sindicatos revolucionarios, como la IWW, al luchar por un «gran sindicato único» de toda la clase trabajadora (estuvieran o no trabajando realmente), defendían la igualdad de las personas trabajadoras y el reconocimiento de su unidad como tales, al tiempo que eran conscientes de que las diferentes experiencias de explotación de las personas trabajadoras dificultaban dicha organización.

Al igual que las feministas radicales, los y las anarcosindicalistas han defendido la coherencia entre los medios y los fines. Así, los y las sindicalistas se organizan en estructuras no jerárquicas, descentralizadas y federadas, muy diferentes de las estructuras burocráticas de los sindicatos mayoritarios, que se han mostrado en gran medida reacios a la participación de las mujeres. Las organizaciones alternativas del anarcosindicalismo se basan en la participación, la ayuda mutua y la cooperación. El anarcosindicalismo combina la lucha sindicalista contra las estructuras capitalistas y las prácticas de explotación con el ataque anarquista al poder y la conciencia de que todas las formas de opresión deben superarse en cualquier lucha por la libertad. La IWW lleva mucho tiempo luchando por el reconocimiento de las mujeres como «compañeras de trabajo» que merecen independencia económica y física (es decir, autodeterminación) y acceso a roles sociales basados en sus intereses y preferencias.10

En cuanto a la afinidad entre la organización anarcosindicalista y la práctica feminista de la «segunda ola», Peggy Kornegger11 ha comentado: «La estructura de los grupos de mujeres guardaba un parecido sorprendente con la de los grupos de afinidad anarquistas dentro de los sindicatos anarcosindicalistas de España, Francia y muchos otros países». Kornegger lamenta que las feministas no exploraran más a fondo las tradiciones sindicalistas en busca de ideas activistas.

Además, como sostiene Purchase, los sindicatos industriales «están compuestos por personas (incluidas feministas, activistas por la paz y ecologistas) y son simplemente un medio por el cual las personas pueden llegar a organizar su oficio o industria con un espíritu de igualdad, paz y cooperación».12 La exclusión de las personas trabajadoras de los debates sobre los nuevos movimientos sociales es tanto arbitraria como inexacta.

No queda nada claro qué sentido debemos dar a estos desestimaciones tan radicales de siglos de resistencia sostenida de la clase trabajadora común frente a las intromisiones del capital y del Estado. Además, en ausencia de un capitalismo industrial [o verde] respaldado por el Estado, los sindicatos y las cooperativas de trabajadores (ya sean panaderos, tenderos, fabricantes de carruajes, trabajadores postales o conductores de tranvía) parecerían ser una forma bastante natural, de hecho lógica y racional, de permitir que la  gente trabajadora común coordine la vida económica e industrial de su ciudad, en beneficio propio y no del Estado o de un puñado de magnates capitalistas, y resulta sencillamente deshonesto por parte de Bookchin afirmar que el anarquismo ha hecho hincapié en el destino histórico del proletariado industrial a expensas de la comunidad y de la vida libre en la ciudad.13

Las preocupaciones planteadas por Foreman, Bookchin y Biehl son válidas. De hecho, gran parte del pensamiento de la Vieja Izquierda, de diversas tendencias, no supo apreciar las causas o las consecuencias del daño ecológico. Sin embargo, como ha señalado Graham Purchase, las razones de ello son en gran medida específicas de un momento histórico, más que inherentes. 14 Las ideas ecológicas de ecologistas sociales como Bookchin (por ejemplo, el regionalismo ecológico y las tecnologías verdes) no son incompatibles con las preocupaciones sindicalistas por la organización laboral.

Bari se preguntó cómo era posible que existieran movimientos vecinales centrados en la eliminación de residuos tóxicos, pero ningún movimiento obrero para detener la producción de sustancias tóxicas. Argumentó que solo cuando las personas trabajadoras estén en condiciones de negarse a participar en prácticas destructivas o a producir bienes destructivos podrá surgir alguna esperanza realista de un cambio ecológico duradero. La única forma de paralizar el sistema es mediante la desobediencia civil a gran escala, lo que una generación anterior de sindicalistas conocía como la «huelga general». La visión de Bari para Earth First! combinaba una radicalización de las ideas iniciales del grupo sobre el biocentrismo y una extensión de la organización descentralizada, no jerárquica y federativa (la incipiente estructura sindicalista de EF!) a las comunidades y los lugares de trabajo.

Aunque coincidía con la vieja guardia de Earth First! en que había que dedicar esfuerzos a preservar o restablecer las áreas silvestres, Bari vio que las reservas fragmentadas no eran suficientes. La única forma de preservar la naturaleza silvestre era transformar las relaciones sociales. Esto significaba que Earth First! tenía que pasar de ser un movimiento conservacionista a un movimiento social. Earth First! necesitaba fomentar y apoyar estilos de vida alternativos. Hablar de la naturaleza silvestre descontextualizaba la destrucción de la naturaleza.


Jeff Shantz vive actualmente en Toronto, donde lleva varios años participando activamente en la Coalición de Ontario contra la Pobreza (OCAP). Es el presentador del Anti-Poverty Report en la emisora de radio comunitaria CHRY de Toronto y es cofundador del Grupo de Trabajo contra la Pobreza de su sindicato.


Referencias

Bari, Judi, Timber Wars (Monroe: Common Courage Press, 1994)

Biehl, Janet, Finding Our Way: Rethinking Ecofeminist Politics (Montreal: Black Rose Books, 1991)

Bookchin, Murray, Remaking Society (Boston: South End Press, 1990)

Bookchin, Murray, «Deep Ecology, Anarchosyndicalism and the Future of Anarchist Thought» en Deep Ecology and Anarchism (Londres: Freedom Press, 1997)

Kornegger, Peggy, «Anarchism: The Feminist Connection» en Reinventing Anarchy, Again, ed. por Howard J. Ehrlich (Edimburgo: AK Press, 1996)

Purchase, Graham, «Social Ecology, Anarchism and Trades Unionism» en Deep Ecology and Anarchism (Londres: Freedom Press, 1997)

La entrada «Sindicalismo, ecología y feminismo: la visión de Judi Bari» apareció primero en Class Struggle Ecology.


NOTAS:

1Judi Bari, Timber Wars (Monroe: Common Courage Press,1994)

2Murray Bookchin, ‘Deep Ecology, Anarchosyndicalism and the Future of Anarchist Thought’ in Deep Ecology and Anarchism (London: Freedom Press,1997), p.57

3Bookchin llega incluso a afirmar que el «locus auténtico» del anarquismo es «el municipio». Se trata de una afirmación bastante interesada, dado que Bookchin ha basado gran parte de su reputación en la construcción de una tendencia «municipalista libertaria» dentro del anarquismo. Además, va en contra de casi toda la historia del anarquismo. (Bookchin, 1997, p. 51) (Véase Bookchin, 1990)

4Janet Biehl, Finding Our Way: Rethinking Ecofeminist Politics (Montreal: Black Rose Books, 1991), p.134

5Biehl, p.152

6Biehl, p.152

7Biehl, p.151

8Bari, 1994, p. 57

9Para un análisis detallado de la teoría sindicalista verde, véase Shantz (1999).

10Como Purchase (1997, p. 32) exagera torpemente: «Además, la IWW […] fue el primer sindicato en reclamar igualdad salarial y de condiciones para las mujeres y en buscar activamente la creación de sindicatos para las prostitutas —y, al hacerlo, logró mucho más para la causa feminista de lo que cualquier cantidad de teorización sobre la evolución del patriarcado podría haber esperado lograr jamás».

11Peggy Kornegger, «Anarchism: The Feminist Connection», en Reinventing Anarchy, Again, ed. por Howard J. Ehrlich (Edimburgo: AK Press, 1996), p. 161

12Graham Purchase, «Social Ecology, Anarchism and Trades Unionism». En Deep Ecology and Anarchism (Londres: Freedom Press, 1997), p. 28

13Purchase, p. 28

14Purchase, p. 25

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